Ejercicio nro. 11 – Elegir entre tres opciones de escritura

Escribir una narración a partir de algunda de las siguientes opciones:

1- Título: De paseo con mi papá
2-Epígrafe: La estupidez insiste siempre (Camus)
3-Frase para incluir (en cualquier lugar de la narración): Una vez terminado el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja.

De paseo con mi papá, por Bety Sabbatini

Estoy contento, hoy mi mamá y mi papá charlaron estando yo, y como ella tiene mucho trabajo atrasado me dijeron que voy a salir con papi. Me gusta salir con él porque al ser varón siempre adivina mis gustos, por ejemplo llevarme a ver jugar foot-ball, ir a mi club y pelotear conmigo. Mamá también lo sabe hacer porque es muy deportista pero es diferente, la patada de ella es más livianita. Papá patea con todo, no le importa que yo sea chiquito. A mí eso me gusta. Estas salidas las hacemos cuando es domingo, en la semana sólo si es un feriado.
Después vamos a una confitería que queda cerca y comemos un tostadito de jamón y queso entre los dos. Por ahora me alcanza porque lo acompaño con una chocolatada pero me parece que dentro de poco le voy a pedir uno solo para mí. Tengo nueve años pero las personas que no me conocen creen que tengo doce. Soy alto como mi papá, a mi mamá eso le gusta, debe ser porque ella es bajita.
Mis padres no quieren que sea un “burro“, después de la confitería papá me lleva a un museo que está cerca, donde me dejan pintar que me gusta mucho y todo después queda en la exposición. Lo que estoy contando me lo pidieron en un taller de literatura al cual voy después del colegio. Si tengo errores de ortografía perdónenme. A veces pienso que tengo demasiadas tereas pero mis padres cuando se los dije me respondieron que me quieren mucho pero también tienen que exigirme, que eso corresponde, que yo lo merezco.
Hasta ahora he leído Los viajes de Gulliver, Sandokan y algunos de la colección Robín Hood, me gustan los cuentos graciosos, los que mantienen el suspenso hasta el final y los cuentos sobre animales. A mis amigos no les gusta leer, así que yo les digo a veces el argumento para entusiasmarlos.
Bueno, después del museo, si no es muy tarde, me lleva a una plaza para correr, trepar, patinar. Me parece que busca cansarme pero eso es muy difícil.
Cuando llegamos a casa nos está esperando mamá con la cena, a veces la que yo le había pedido o la que pidió papá. Por ahora soy hijo único, me gustaría un hermanito. Mejor que una hermana. Como les dije tengo nueve años, ya no creo ni en los reyes magos, ni en santa Claus, tampoco en el ratón Pérez. ¡Qué bronca cuando me enteré! Ellos se entristecieron cuando me vieron así. Mamá y papá parece que prefieren una nena. Mejor que si llega le digan siempre la verdad. En fin que venga. Últimamente la veo a mamá un poco gordita de la panza, el resto nada está igual. ¿Será?

DE PASEO CON MI PAPÁ, por Lía Ruau

Sí, el título me devuelve la infancia, los imborrables recuerdos de los veraneos fuera de casa. Y no sé porqué me hace acordar tanto de los paseos en la “voiturette” de mi papá, tanto, que casi podría dibujarla.
Era un modelo viejo para esa época, fines de los años 30 probablemente, azul no muy oscuro, con todos los cromados brillando como espejos, una capota de lona que se podía desplazar dejando las butacas al aire libre; la tapa del baúl se abría hacia atrás y aparecía el segundo asiento donde, por supuesto, íbamos nosotros.
Fue el primer auto de la familia que recuerdo, apareció a mediados de los cincuenta, y coincidió con el verano que pasamos en La Lucila del Mar. Un balneario naciente, con menos de 50 casas, donde lo único que hacíamos era ir a la playa y a la tardecita al Parque hasta la hora de cenar, con juegos infantiles y torneos de bochas en los que participábamos tanto los chicos como los grandes.
Los fines de semana, generalmente los viernes a la tardecita, llegaba mi papá en la famosa voiturette, cargado de comestibles, a veces con algún familiar de visita, ¡el sábado era el día de salida!
Los paseos siempre fueron por la orilla del agua, los autos se movían sobre la arena mojada y había que atender los horarios de las mareas. Mamá y papá adelante, con la capota corrida y nosotros tres, exultantes, en el asiento de atrás, con la brisa del mar salpicándonos la cara, mientras el auto esquivaba las gaviotas.
No había caminos entre los balnearios, por eso andábamos por la playa. La Lucila estaba casi en el medio de una serie de lugares que recorrimos palmo a palmo. Hacia el norte el que más recuerdo era Solimar, una estancia con un bosque imponente y cuya edificación era, a nuestros ojos, un castillo de novela.
Pero a mi papá le gustaba más pasear hacia el sur, decía que tenía muchas cosas para mostrarnos, además de que siempre terminábamos en el centro de Mar de Ajó donde se encontraba con sus amigos. Para nosotros era una fiesta, porque nos llevaban a comer afuera.
Una vez que hicimos excursión de día completo, nos llevó al faro, que era muy lejos, en “Punta Médanos”. No nos dejaron subir, porque la escalera era peligrosa, la miramos desde abajo, daba vueltas pegada a la pared, tenía cientos de escalones. Arriba, se veía una pasarela rodeada de vidrios para vigilar el mar y la lámpara roja que avisaba a los barcos de la cercanía de tierra firme.
Otra vez fuimos al “cementerio de los caracoles” y juntamos muchos, de los pequeños con un agujerito para poder armar collares. De los grandes, para adorno, en los que se podía escuchar el ruido del mar, encontramos solo dos o tres. (Creo que desde entonces me gusta juntar caracoles, de cada lado que voy, siempre me traigo algunos de recuerdo).
Pero los mejores paseos, los que más nos gustaban, y por eso repetimos varias veces, era ver los barcos hundidos. Mi papá sabía la historia del naufragio de muchos pero solo quedaban pocos para ver. Había uno sobre la playa, en realidad una parte de madera y de hierros nada más, pero si la marea estaba baja podíamos subirnos con cuidado, creo que se llamaba “Santa Margarita”. Otro que también estaba en la orilla se llamaba “Karnak”, como era todo de hierro, enmohecido y tenía mucho riesgo, solo nos dejaban mirarlo sin acercarnos demasiado.
El que nos impactó más, porque estaba a más de cien metros del borde del agua, fue el “Ana de Hamburgo”. Tuvimos que caminar por el médano para llegar hasta el barco que, al estar “en seco”, se mantenía casi completo y nos pareció enorme. Regresamos un par de veces, según mi papa, él lo había conocido muchos años antes en el agua, pero desde entonces el mar se había ido retirando y por eso quedó casi adentro del campo.
Siempre en la voiturette, en el asiento abierto, siguiendo el dibujo de las ruedas en la arena húmeda, pero firme, a veces hasta por el borde del agua, cuando mi papá sabía que era el horario de la marea baja. Esos paseos parecían increíbles aventuras a nuestros ojos de niños asombrados: el faro, los bosques inmensos de Solimar y los barcos hundidos quedaron guardados entre los más entrañables recuerdos de la infancia.

CANELA, por Mecha Zambrano

El capataz le había asignado a Eusebio, el cuidado de los caballos de la estancia, estaban en un espacioso haras alejado del casco principal. Entre todos los que ocupaban las cuadras, el peoncito tenía predilección por el alazán. Un ejemplar que llamaba la atención por el color, desde luego, por la alzada y el porte.
Esa preferencia era compartida con el señorito de la casa. Cada vez que solicitaba una monta, elegía el alazán. Eusebio le colocaba la montura, las riendas, lo cinchaba, sin dejar entrever los celos que sentía, por haber elegido ambos el mismo objeto de admiración. ¿Era admiración lo que sentía el señorito? O simplemente había adivinado que a él le gustaba.
Eusebio examinaba al caballo cuando volvía de dar el paseo con el hijo del dueño, buscando alguna matadura, arañazo, en fin, algo que impidiera la próxima salida.
Cuando el capataz le ordenó que ensillara al alazán y lo llevara al llano a varear, creyó que moriría de gozo. No le puso montura, sólo apero sin encimera y, al llegar al llano, le sacó todo. Lo montó en pelo y galopó hacia el infinito -creyó él-.
El animal iba ligero como el viento sobre la hierba tierna de la pradera. Si hubiese sido por Canela (así lo llamaba él), el galope hubiera continuado, pero Eusebio lo fue frenando despacio. Volvió donde había dejado el apero, lo secó, esperó que se calmara, lo ensilló y emprendió el regreso.
Podemos decir, sin temor a equivocarnos que una vez terminado el juego, el Rey y el Peón vuelven a la misma caja.



Ejercicio Nro. 11: elegir entre tres opciones de escritura

Escribir una narración a partir de algunda de las siguientes opciones:

1- Título: De paseo con mi papá
2-Epígrafe: La estupidez insiste siempre (Camus)
3-Frase para incluir (en cualquier lugar de la narración): Una vez terminado el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja.

De paseo con mi papá, por Chela Aguirre

Era un hermoso domingo de primavera, el sol iluminaba con todo su esplendor, los sauces junto al arroyo Tapalqué alargaban las ramas besando la corriente que traía el limo desde las sierras.
El programa no podía ser mejor, partiríamos hacia Las Toscas donde nos esperaba la familia del tío Pascual ¡Hacía tanto tiempo que los habíamos visitado! Recuerdo que aún no había nacido mi hermana Toto.
Imaginaba abrir las tranqueras cuando se detuviera el Ford T que le habían prestado a papá en la gomería, las ovejas volviendo su cabeza con curiosidad a nuestro paso, las vacas, los ñandúes en tropel seguidos por múltiples charitos, el campo era como un imán que me atraía desde muy pequeña. Desperté antes que saliera el sol, calcé bombacha y botas para la ocasión, mientras mi madre cebaba unos mates a papá que preparaba el auto mientras Petete y yo desayunábamos alborozadas.
Algún llanto antes de salir era la costumbre, por caídas o peleas de chicos traviesos.
Partimos entre cantos y risas. Fueron tres horas de viaje por un camino de tierra que papá conocía muy bien, además mi confianza era total, íbamos conducidos por un hombre que sabía mucho sobre autos. Todo nos asombraba, las bandadas de cuervos que volaban alineados, algunas perdices que cruzaron el camino, un zorro que nos miró y salió corriendo entre el pastizal
Alrededor de las diez divisamos el ombú apostado junto a la entrada como un vigía, bajó mamá y corrimos detrás de ella para subir a la tranquera que como la calesita nos pasearía al abrir y cerrar, solo faltaba la sortija.
Tíos y primos salieron a nuestro encuentro y entre abrazos y risas caminamos hacia la casa, entramos a la cocina donde había una mesa larga y sobre ella una gran fuente con tortas fritas y una jarra con leche recién ordeñada, la tía Beatriz comenzó a cebar mate para los mayores con una pava tiznada que calentaba en la cocina a leña. En el patio chirriaba el asador con tres corderos.
Fue un día maravilloso que pasamos entre juegos y paseos por la orilla de la laguna en los petizos.
Antes que el sol comenzara a bajar, el chofer anunció que debíamos prepararnos para el viaje de vuelta, los tíos nos armaron un cajón con huevos, chorizos secos y jamón y dijeron que nos acompañarían hasta la tranquera, en un charré iría la tía con mis primos, el tío Pascual montó un hermoso caballo pintado. Llamó mi atención ese animal con paso marcial que nos acompañaba al lado del Ford T, -¡Fijate como camina de costado!- dije, papá sonrió porque sabía de mi amor por los caballos y seguramente imaginaba cuánto hablaría de esto.
Nos detuvimos en la salida y, ante el asombro de todos, el pintado se paró en dos patas y mi tío cayó con fuerza entre el pasto pero de un salto se levantó diciendo que estaba bien.
Tal como había pensado papá, mi tema de conversación durante el camino fue el caballo, la caída, los petizos y mis ansias de volver al campo.

De paseo con mi papá, por María Ichaso

Mi papá era cocinero pero no le gustaba que lo llamaran así. En esa época no se usaba la palabra chef o cocina de autor como ahora. Yo nunca sabía qué poner en el casillero de profesión del padre. Él me decía “dueño de un restaurante”. Yo le respondía que tenía que poner una sola palabra, que dueño de un restaurante no entraba. – Ponele dueño sólo entonces -se reía tan, tan fuerte y mostraba los dientes grandes y blancos que gracias a Dios heredé yo.
El restaurante quedaba en una calle cortada que nacía en la avenida grande, para el otro lado había un puente, y si la seguías terminabas en una cancha. Creo que se llamaba Sucre, la calle, no el estadio, porque me acuerdo de mi mamá diciendo en francés sucre. Palabra que tuviera cr la pronunciaba en francés. Croissants, crudo, croto. Eso también provocaba la risa de mi papá. En ese entonces cualquier cosa los hacía reír. Mi papá tuvo que cerrar el restaurante en la época que un presidente se fue en helicóptero y a partir de ese momento no nos reímos más.
Mi papá -que mucho tiempo después supe que no se llamaba Renato, que no era mi papá y que los dientes eran un guiño del destino- me pasaba a buscar por el colegio de lunes a jueves y me llevaba al restaurante del que él era de profesión dueño y que hoy llamaría restó. Me sentaba en la barra de un salto y le decía muy serio al barman:
-Sírvale una primavera sin alcohol a esta princesa, bien pero bien cargada, ¿eh? Hasta el tope. -Yo me moría de contenta por dos cosas. Una, porque me sentía grande y la otra de imaginarme que la primavera podía entrar en un vaso y de poder tomármela. La sinfonía de cacerolas, platos, cubiertos, tablas, el griterío, el calor de las hornallas y el aroma a cebolla mezclada con caramelo quemado me persiguen aún hoy. Llegaba a casa con olor a frito impregnado en la ropa, en la panza un poupurri de recetas y en la cabeza una ensalada de colores.
Un jueves después del colegio, en vez de doblar por la avenida de árboles de flores amarillas -tiempo después supe que eran tipas- seguimos hacia el río. Mi papá me dijo que me iba a llevar a un lugar donde iba a probar el mejor plato del mundo. Mejor que en París o Kiev. Manjar de reyes, ¡qué reyes, de dioses! Cuando pasamos el galpón de los aviones, y dejamos atrás las pistas de aterrizaje, estacionó el auto al lado de una baranda larga con miles de columnas. Yo no veía nada más que un carromato que de tanto humo parecía prenderse fuego en la costa. Ahí mismo, con el río en mis narices, el club de pescadores a mi derecha, el delta a la izquierda y Colonia en el horizonte, mi padre y yo, sentados en un banco verde despintado, leímos las inscripciones de los que alguna vez se sentaron como nosotros, y yo, completamente feliz, probé mi primer choripán. Y aunque no está bien decirlo y menos aún hacerlo, escribí con el caparazón de un caracol que encontré en el piso, ojalá que este día no termine nunca.

De paseo con mi papá, por María Helena Melón Gil

Fastidioso, mientras viajaba en el subte antes de sacarte un rato, me martillé la cabeza ¿por qué hace años no me anotaste en el club, viejo? En el de la esquina, en otro cualquiera, el que te hubieras chocado. Te lo pedí. Era una promesa en potencia, te lo dijo el preparador Manterola y te quedaste musa. Con el asunto de Brasil, esa matraca me da vueltas y vueltas. Pará, agarrate del posabrazos, la rampa de la vereda está rota, podés saltar de esta silla de mierda. Yo tenía edad, potencial, cuerpo fibroso, espíritu combativo, hoy sería un atleta olímpico. A vos ni se te ocurre que me robaste la oportunidad. Fijate la cara de los triunfadores, se ven por televisión con la medalla de oro entre los dientes. Tipos de clase y tipos de abajo. Rubios, colorados, amarillos, negros y negritos. De países pobres, emergentes, del primer mundo, de Qatar a Canadá, de sur a norte. Hubieras pedido una beca, una sola beca y yo demostraba que era uno de los que se ven por ESPN. Pero no pude demostrar. Sabés, no te jugaste por mí porque nunca lo hiciste por vos. Los resentidos son tipos jodidos, orgullosos. La vida les da porque ellos se entregan. Antes de pelear, bajan las armas, ponen cara de víctima y en vez de chicle mastican bronca. Bancátela viejo, como yo me la banco. Los exitosos brillan. El resto, desteñimos ¿entendés? Otra vez cara de yo no fui. Cada día nos parecemos más, me molesta un poco, no sos un héroe. Pero nadie tiene la culpa, andá saber de dónde venís vos. Ahora me toca ser tu padre y estás bajo mi responsabilidad. Las vueltas del reloj. Te alcancé, viejo ¿sabés? Lola quiere ir a clases de inglés, no domina ni el castellano, habla peor que yo. Le dije no, primero cumplí con la escuela. Quién a los suyos se parece, honra merece ¿cierto? Está chispeando papá, justo que llegamos a la plaza. Vamos a pegar la vuelta para el hogar. La visita duró poco, no pongas cara de víctima otra vez, no es mi culpa, es el cielo de Buenos Aires. Por lo menos me tenés a mí. Hago lo que puedo, viejo.

De paseo con mi papá, por Miguel Cané

Me hubiese gustado pasear algo más con papá. La naturaleza, Dios, o quien sea que comande esas cuestiones, se quedó corta con nosotros en la dosis de padre que cualquier hijo necesita. Así fue como cuatro pequeños pollitos, de entre dos y once años, quedamos solos con una madre que tuvo que ponerse al hombro la economía familiar. Pocos años para tener muchos recuerdos o haber podido establecer grandes vínculos pero, claro, al menos suficientes como para extrañar o añorar. De papá solo recuerdo flashes, cosas muy puntuales que vienen a mi memoria, marcas a fuego que nunca se borraron. Como estas dos situaciones que pueden encuadrar con el título.
Habíamos ido a la cancha de River con alguien más que no recuerdo bien, pero creo que era un empleado que trabajaba para él. Papá era hincha de River como puedo serlo yo hoy: épocas de mayor y de menor fidelidad. El fútbol argentino tiene esas cosas, hoy te muestra lo más noble y mañana la bajeza más enorme, como un día de otoño o primavera comienza siendo amigable y, de golpe, torna en ventoso y frío. Por esos tiempos para mí, en cambio, ir a la cancha significaba un día de gloria. Me apasionaba el fútbol, no solo practicarlo, conocía al detalle jugadores y equipos, y vivía pensando que iba a ser uno de ellos cuando fuera grande. Yo tendría unos ocho años, podría haber corrido el año 68, ese del fatídico accidente en el Monumental recordado como “Puerta 12”, aunque no fue aquel día. Estábamos ya en el estadio, sentados, y Papá preguntó si alguien sabía cómo sería la formación de River. Como el otro no lo sabía, yo me animé a hablar y conté cual pensaba que sería la integración del equipo, desde el arquero hasta el número once. Papá, que tendría unos 35 años para esa época, me miró con una expresión mezcla de incredulidad con admiración… ¡no podía creer que el enano supiera tanto! Tal vez fuera eso, el impacto que en mí causó la sorpresa con que mi padre recibió el comentario, lo que aún hoy me hace seguir recordando esa formación de River: Gatti, Morcillo, Miguel Angel López, Guzmán y Matosas; Solari, Recio y Cubilla; Daniel Onega, Ermindo Onega y Pinino Mas.
El segundo episodio fue un viaje en auto a Córdoba. Podría haber sido un año después, no estoy seguro. Por algún motivo que no puedo recordar, y aún hoy me resulta extraño, íbamos solos. Mamá y mis hermanas viajaban al campo de unos amigos para esas vacaciones, tal vez una semana santa o vacaciones de invierno. No puedo, por más que haga un esfuerzo, recordar otro trayecto en auto adonde fuéramos los seis, aunque solíamos ir a Bariloche en verano. Mi memoria me lleva siempre, caprichosamente, a viajes con sólo cinco pasajeros: mi madre, mis hermanas y yo. Sin embargo, de este episodio conservo recuerdos con lujo de detalles. Ese día había un clima de camaradería entre papá y yo que me agradaba: “lo vamos a pasar bien”, me decía, “mejor que ellas”, como si fuera una competencia que cada equipo libraría durante sus vacaciones. El destino final era la casa de un pariente o amigo, en La Cumbre. Recuerdo haber comido unos sándwiches ricos en el camino y a Papá decirme luego: “tirate en el asiento de atrás y dormí un rato, yo te despierto antes de llegar”. Le hice caso y, aunque estaba excitado, poco a poco fui cayendo en el sopor de la modorra, mientras papá escuchaba a Sandro en un magazine y el Falcon Futura celeste con techo vinílico gris, motor 221 xp, se devoraba la ruta. El mismo con el que se accidentaría por marzo del 70 en Castelli, sobre la ruta 2, cuando iba solo, a buscar a mi abuelo al campo de la familia.



Ejercicio con foto – 5ta. propueta

Es el último ejercicio con la foto, salvo que quieran continuar la serie. La propuesta es que elijan una de las siguientes opciones:
1- Desarrollar la siguiente idea: los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego
2- Título: Epílogo
3- Epígrafe: El mejor profeta del futuro es el pasado (Byron)
4- Epígrafe: No se logra un beneficio sin perjudicar a otro (Montaigne)

Epílogo, por Adela Cáffaro

La alegría, el alboroto, del primer momento en la feria se volvió temor, preocupación y muchos nervios. Salir del pago, viajar tan lejos, nada menos que a la Capital de la República.
Petrona sintió que las piernas se le aflojaban de solo imaginar alejarse de su Purmamarca, no ver los cerros coloridos, hermosos, dejar su casa ¿dónde se alojarían? Debía ser fuerte y confiar que el Ramón se daría maña para vivir en la ciudad, además coraje le sobraba. Terminó de acomodar los últimos trastos que habían quedado desparramados y decidió descansar al lado de sus amores que dormían “como troncos”.
El Ramón se levantó temprano preparó unos amargos, despertó a la Petrona, tenían que organizar el viaje. Acordaron que irían a San Salvador de Jujuy, para tomar ahí el tren. Tendrían varios días de viaje.
La distancia desde el pueblo hasta la capital de Jujuy fue una despedida constante, no solo de los cerros sino también de los esbeltos cardones que a la mujer le recodaban personas con sus brazos extendidos en señal de despedida. La llegada del tren los sorprendió por el ruido, las bocanadas de humo de la máquina a vapor y el retumbar en el andén, que les produjo vibraciones en el estómago. La madre apretó al Tadeo contra su pecho, mientras el Ramón agarraba los bolsos de ropa y de comida para el viaje. Subieron en silencio. La locomotora resopló, el silbato del guarda avisó la partida e iniciaron el viaje. No les resultó cansador, la novedad de los nuevos paisajes los mantuvo entretenidos y los días pasaron casi sin darse cuenta.
Si en Jujuy el tren los sorprendió, en Buenos Aires no podían creer lo que veían, tanta gente, sintieron que la panza se les estrujaba ¿a quién pedir ayuda? El Ramón sacó la tarjeta del doctor y le mostró al señor de la boletería de la estación, la Petrona no alcanzó a oír que hablaron, pero en menos “que canta un gallo” estaban subidos a un auto, al que le decían “taxi”.
La ciudad les parecía algo mágica, no entendían adónde iba tanta gente, los edificios grandes y uno pegadito al otro, de pronto el que llamaban chofer les dijo que habían llegado al Hospital de niños Dr. Ricardo Gutiérrez.
No fue difícil el ingreso al Hospital, si la ciudad les pareció mágica, la tarjeta que mostraban era aún más, quien la leía los trataba con amabilidad y les indicaba con simpatía el recorrido por los pasillos hasta llegar al consultorio del Dr. Ibarburen.
Él los estaba esperando. Respiraron aliviados, por lo menos no se había olvidado de ellos. La operación estaba programada en dos días, tiempo en que llevarían los análisis y control del Tadeo. El hospital tenía comodidad para la gente que venía del interior del país. Llegó el día de la operación, fue un éxito, en una semana podían regresar, con la certeza de que el pequeño caminaría sin dificultad.
La Petrona sacó de su cartera una estampita arrugada de la Virgen del Valle, le agradeció lo vivido.

Sueños… V, por Bety Sabbatini

Pasaron alrededor de diez años para comprender…, para comenzar a ser feliz.
A mi papá lo tengo en el recuerdo, él se daba cuenta de todo, me conocía muy bien. Trataba de decirme lo que pensaba a través de la mirada, reprobando o aprobando. A veces el lenguaje era verbal, pero cualquiera fuese la forma lo entendía.
Necesité seguir de su mano hasta que la enfermedad se lo impidió.
Alicia, mi mujer, ahora la veo más contenta, es independiente, tiene un trabajo que le gusta. Nuestra relación pasó por momentos muy difíciles: un día me dijo muy enojada:
– Martín, ¿le presentarías a una persona que quisieras mucho (como una amiga, una hermana), un individuo como tú?
Lo pensé un momento y en forma sincera contesté: – No, yo no.
– Pues entonces por qué tengo que ser yo la que aguante.
Alicia, ya había aprendido algo de nuestro lenguaje, pero ese diálogo me aclaró mucho y me trajo recuerdos dolorosos, no el haberme ido del país, era algo muy habitual en los jóvenes de ese entonces, pero haber tenido un hijo a mis veinte años, lo amo, pero en su momento no estaba preparado. Pasé años de angustia, sin saber quién era, qué quería y con la responsabilidad de un hijo. Creo que Alicia es una gran compañera, por suerte lo que me dijo (que era difícil tolerarme) pasó y hoy la tengo conmigo.
Recuerdo mucho a España, a Barcelona, a los museos, lugares pintorescos y, sobre todo, la familia de Alicia que ella desea tanto ver.
Mi país, no lo veo mejor que cuando me fui, problemas sociales y económicos, también la educación. Sigo siendo muy joven, pero a los adolescentes no los veo bien. Espero que la situación mejore porque me doy cuenta que en el resto del mundo no van bien las cosas. La actividad cultural de la ciudad de Buenos Aires es superior a muchas otras ciudades; más de cien museos con pinturas de todos los estilos y si extraño el surrealismo de Dalí aquí están Luis Barragán, Vicente Forte, José Planas Casa y otros más.
Veremos de volver a España pero el costo del avión…, ahora somos seis y creo que todos pagan, el pequeño tiene ya dos años.

, por Emma Esparis

EPÍLOGO, por Lía Ruau

¡Cuántas veces volvió a mirar la foto del camión cargado de lana y a recordar cómo eran las actividades de su padre! Lo imagina a la mañana temprano en el local de San Martín y Belgrano, ocupado en la venta de productos para el campo, las corridas por los bancos, las gestiones con los camioneros y miles de pequeñas situaciones cotidianas del movimiento comercial.
El comienzo de las operaciones con la lana, en una época en que seguramente la zona se destacó por el incremento de la producción ovina y su valoración para la exportación, implicó un cambio rotundo en los negocios de la sociedad con Juan Fanelli.
Los resultados económicos para ambos socios fueron notorios en dos temporadas seguidas, más aún para su familia, que hasta entonces funcionaba en base a un ingreso mensual al que se ajustaba con cierto rigor, sin la posibilidad de inversiones imprevistas, gastos suntuarios ni nada que se le pareciera.

No podrá olvidar el día, casi al final de la primavera, que apareció su padre muy sonriente a la hora del almuerzo mostrando un llavero con dos Yale brillantes, y anunció muy formalmente que se prepararan para ir el fin de semana a Villa Gesell a estrenar el departamento de vacaciones que acababa de comprar.
Eso fue en el 61. En esa época el camino de tierra de más de 50 km, pasando por Juancho y el desvío en el cruce con Macedo, era casi una travesía. Ni hablar después de las lluvias, cuando era imprescindible poner cadenas en las ruedas para poder circular. Por suerte, no fue necesario esa primera vez.

Todos, ansiosos y expectantes en la estanciera azul, llegaron un sábado bien temprano al edificio, en la calle 1 a media cuadra del “Tejas Rojas”, donde los esperaba el encargado. Los guió al departamento, en el primer piso: un rectángulo bastante grande con una habitación anexa y un baño. Por la ventana se veía el mar a unos 100 metros. El techo era altísimo y el padre informó que pronto harían un entrepiso para dormitorio, para que estuviera listo en el verano.

La alternativa de pasar los tres meses de las vacaciones escolares frente al mar marcó un antes y un después en la vida de la familia. Comenzaron las temporadas en Gesell, con su rutina de mañanas en la playa y paseos por la Avenida 3 durante las tardes, las visitas de miríadas de parientes nunca vistos antes, primeras experiencias de salidas nocturnas e innumerables anécdotas. Pero esto ya es otra historia.

Epílogo, por Mecha Zambrano

Esta foto refleja la culminación de nuestra primera experiencia en carpa. Fue tomada en Carlos Paz. Comenzamos el viaje con un sinfín de aprensiones y prejuicios, creyendo que las labores propias de un campamento, con chicos no acostumbrados a ello, nos iban a amargar las primeras vacaciones en familia.
Como siempre ocurre, nos sorprendieron. Captaron enseguida las indicaciones. “No entren calzados a la carpa. No la dejen abierta por los bichos. Fíjense que los cierres estén bien abajo”, y muchas más que obedecían sin chistar, sabiendo que ésa podía ser la primera y la última salida.
Acampamos en Guandacol, La Rioja, y para hacerlo sin anestesia, a la vera de un río, a lo indio, bien salvaje. Estaban fascinados. Seguimos viaje a San Juan y armamos las carpas en un camping al lado del autódromo El Zonda. A la noche nos sacudió el viento homónimo. Hasta ese inconveniente climático les pareció estupendo, a pesar de que parecía que las carpas iban a levantar vuelo.
De ahí nos fuimos a Córdoba, donde también disfrutamos del acampe agreste, esta vez a la orilla de un arroyo. Todos éramos ya expertos campamentistas. Nos regalamos una noche de hotel, de comida en restorán y nos fotografiamos como prusianos.
Este cuento también es el epílogo de la foto en sepia.



Ejercicio con foto – 5ta. propuesta

Es el último ejercicio con la foto, salvo que quieran continuar la serie. La propuesta es que elijan una de las siguientes opciones:
1- Desarrollar la siguiente idea: los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego
2- Título: Epílogo
3- Epígrafe: El mejor profeta del futuro es el pasado (Byron)
4- Epígrafe: No se logra un beneficio sin perjudicar a otro (Montaigne)

El circo, por Chela Aguirre

Debe trabajar el hombre

para ganarse su pan,

pués la miseria en su afán

de perseguir de mil modos,

llama a la puerta de todos

y entra en la del haragán”

José Hernández

 

Los saladeros apostados a la vera de la Ría de Ajó habían sucumbido con la llegada del progreso, la refrigeración trajo soluciones para la conservación de la carne de tantos animales cimarrones.

Muchas familias quedaron sin el sustento que da el trabajo duro y abundante. En los alrededores no había lugar adecuado para emprender algo.

Solo cangrejales, paja brava, barro y más barro era lo que había quedado del pueblo de Lavalle. En busca de nuevos horizontes el paisanaje cargaba los carros con las pilchas, algún mueble, cacharros, gallinas y lo que pudiera servir para el nuevo rancho, los perros acompañaban la dura marcha por caminos muchas veces cortados por lagunas y cañadones.

Varias leguas hacia donde se escondía el sol había nacido el pueblo de General Madariaga que crecía con rapidez, los boliches y algunos hospedajes estaban colmados. La taba, el truco, las carreras y algún baile eran el pasatiempo elegido por la mayoría.

Fue alrededor del año cuarenta cuando Hilario Diaz, en noches de insomnio por deudas contraídas jugando a la taba, pensó en algo con lo que podría hacerse de unos pesos.

No le arisqueaba al trabajo ¡tantos había hecho! Lo conocían hasta los chanchos, era salir a la calle y algún paisano le gritaba -¡chau, Hilario!

Llegó a la estación de ferrocarril, con paso decidido entró al despacho del jefe, saludó con la boina blanca tejida en la que se leía la leyenda “Hilario Díaz radical honrado” y dijo -Buen día, don Aparicio- , tendió su mano y sin rodeos le explicó lo que había pensado durante varios días – Ando pidiendo favores, necesito me preste esa carpa que está desarmada en el galpón, que yo he visto cuando hombreé bolsas de papa.

Don Aparicio entre sorprendido y desconfiado preguntó -¿Para qué querés una carpa tan grande Hilario? Fue entonces cuando le contó su proyecto.

-Usted habrá visto cuánto gauchaje tenemos ahora en el pueblo, como también tienen familia he pensado en armar un circo. -Siguió detallando la forma en que encararía las tareas y además aclaró –La carpa pienso devolverla en cuanto junte unos mangos y pueda comprar una nueva-. El jefe, conocedor del pueblo y su gente, pensó un momento, pidió detalles y convencido aceptó lo solicitado.

Hilario trabajó días enteros, con ayuda de amigos y chicos del pueblo levantó la carpa. El pueblo alborozado se reunía alrededor del predio esperando entusiasta la inauguración. Por las noches, en su casa reunió durante días a malabaristas, actores y equilibristas para ensayar el espectáculo, quería que fuera una noche de gala.

Colocó un gran cartel que decía “El circo de Hilario Díaz”, adornó el frente con una bandera argentina y flores de papel bien colorido, en el interior colocó sillas que reunió de varios vecinos y un escenario dónde representarían la obra “Hormiga Negra”, recorrió el pueblo con un megáfono anunciando el espectáculo. La tarea fue ardua, su corazón henchido latía con gran emoción, había conmovido a la gente del lugar y del campo.

Llegó el día tan esperado, Hilario no había podido dormir, tampoco los actores.

Por la tarde, ya en el circo, una banda instalada en la entrada hacía sonar los tambores hechos con latas de dulce, pintadas de azul y rojo. La gente se agolpó entusiasmada y el maestro de ceremonias apareció con un breech y chaqueta blancos con galones rojos y azules, en la cabeza una galera negra que le habían prestado en la funeraria.

Luego de las presentaciones entre gritos y vivas anunció el programa.

El público aplaudió a los payasos, luego a los malabaristas y un equilibrista traído de Dolores.

En el escenario ya estaban los actores para la representación teatral, pidió silencio y, al sonar de un tamborilleo, se abrió el telón.

Los artistas vestían a lo gaucho con botas de potro, bombachas batarazas, rastra, pañuelo al cuello y sendas cuchillas calzadas en el cinto. La escena se desarrollaba en un boliche donde había varios paisanos tomando vino y jugando a las cartas, conversaban, un gaucho tan pendenciero como Hormiga Negra de un saltó sacó el cuchillo, cada uno enrolló el poncho en su brazo y tirando puntazos saltaban eludiendo el ataque.

Estaba pactado que debía ganar la pelea el primer actor pero Pesquiza, así se llamaba el contrincante, muy querido en el pueblo, al oír su nombre y como lo alentaba el público, hizo gala de su destreza y Hormiga Negra llevaba las de perder.

Cayó el telón ante la sorpresa de actores y público dando por finalizada la función

Comentarios de un pueblo de provincia, por Emilita Melón Gil

El mejor profeta del futuro es el pasado (Byron)

La calle polvorienta del pueblo, a pesar de estar asfaltado, no impidió que Carlos y Don Juan se sentaran en la vereda de la confitería Las Marías. Habían corrido las sillas y la mesa para que el sol no les diera de pleno. Pidieron dos cervezas bien frías, mientras los gorriones dando saltitos comían las migas que quedaban del cliente anterior.

-¿No le parece, Don Juan, muy raro el caso de la vendedora que desapareció? – preguntó Carlos.

– Para nada, siempre tuve dudas sobre esa mujer Marta, con cara altanera llevándose a todo el mundo por delante, se creía la dueña de la tienda.

Los dos hombres quedaron en silencio al ver que una pareja los saludaba y pedía permiso para ubicarse. Un gato gordo y negro dormía sobre la mesa, lo ahuyentaron y salió corriendo mientras emitía un maullido amenazador. Mala señal para los parroquianos….

José Pedro, dueño de un negocio importante, salía con Teresa la cajera del almacén.

– Que le parece, Carlos. A rey muerto viva el rey.   -Susurró Don Juan, para no ser oído. -Siempre supuse que este tipo perdía el alma por Marta, la desaparecida, pero la vida nos da sorpresas… y con mucha rapidez a veces.

Era un día caluroso de finales de marzo, las moscas cargosas se posaban sobre las mesas con un zumbido molesto, buscando restos de azúcar o algo fétido, moscas de queresa. La nueva pareja, mientras tanto, comenzaba a desinhibirse, José Pedro ya no miraba obsesionado el prendedor de Teresa, idéntico al de Marta. La joven le había dicho que era una fantasía, regalo de su abuela, alpaca y bronce…

En el pueblo seguían los comentarios y la búsqueda, la tienda La Capital era el punto de partida de Funes el comisario. En ese momento un grupo tomaba por el camino de la salida, una avenida sin serlo. Orillando un cañadón, a caballo y con perros se adentraban nerviosos.

Los días pasaban, si no descubrían algo mandarían de la capital un detective especializado, vergüenza para Funes… Este con los ojos bien abiertos, trataba de controlar su respiración, las manos frías, la tensión nerviosa se hacía insoportable. Pasaron unos breves minutos, alcanzó a ver en el cielo azul una bandada de caranchos revoloteando en círculo, espoleó el tordillo avanzando.

Nunca pensó que el golpe sería tan fuerte, los restos malolientes parecían de una mujer. El olor repugnante lo obligó a taparse la cara con un pañuelo. El tiempo parecía haberse detenido… Se agachó, empujó el cadáver y solo reconoció un hermoso prendedor…

En la confitería Las Marías seguían los mismos parroquianos, dos hombres contándose las novedades del día, mientras la nueva pareja se tomaba de las manos. La lluvia comenzaba a gotear de a poco mientras un grillo reventaba su canto.

El acontecimiento (3), por Malena Varadé

Día lluvioso, gris, como todo este invierno, cansada de tanta humedad y viendo desde adentro lo que no puedo hacer en el jardín, paciencia, me digo, ya llegara el buen tiempo. Abro el libro de Chagal, este pintor me tiene obsesionada. Miro “El acontecimiento” de nuevo ¿soñaba cuándo pintaba o recordaba sus años en la Rusia natal? ¿Por qué los novios como dentro del gallo? ¿Y los que volaban? solo en sueños podemos ver algo así. A la derecha todo es más normal, el matrimonio, los hijos, la vaca en ordeñe, el violinista, la niña con ramo de flores ¿silvestres? seguro; y los colores, rojos, azules, verdes, amarillos que identifican la pintura de Chagal. A la izquierda del cuadro, grises, negros, oscuro, siempre dijo que se fue a Paris por la luz que había y efectivamente esto se notó en su pintura, primera época oscura y después llena de luz. Igual le pasó a Van Gogh años antes.

Todo dispuesto para la boda, los niños y jóvenes endomingados, cuidando no arrugarse y los más chicos no ensuciarse, difícil, eran traviesos y había que estar muy vigilantes, tarea encomendada a los más grandes. María, nerviosa, iba de un lado a otro supervisando, gran problema en el campo hacer una fiesta tan importante, pero ella siempre inquieta y con mucha inventiva lo solucionaba; esos adornos con flores, frutos, ramas, que parecían obra de un artista. Le gustaba mucho el color, decía que se veía más lindo con verdes, azules, rojos, amarillos. Adentro y afuera era luz y alegría.

Sentada frente a la ventana, en este día gris, me acuerdo de la abuela María, murió cuando yo tenía cinco años pero la imagen de ella siempre sonriente y alegre, la casa igual a ella, luminosa, llena de color. Al pasar el zaguán había una galería con grandes mamparas de vidrios transparentes bordeada con vidrios rojos y verdes, los transparentes dejaban ver el jardín, en primer plano el aljibe, lleno de macetas con malvones y más lejos profusión de flores, no importaba la estación, siempre había más en primavera verano, menos en otoño invierno. A la derecha, el comedor que daba a la calle, seguía el de diario, que continuaba la mampara y lo llenaba de luz y la cocina muy similar a la del campo. A la izquierda del zaguán los dormitorios y baño. Alrededor de la casa, media manzana de terreno en el que nos encantaba jugar a los nietos, con frutales, galpón igual al del campo, con pesebre, gallinero, cochera donde se guardaba el auto y la americana con que el abuelo León iba al campo cada día. Una parcela de alfalfa que se cortaba a guadaña y se hacía la parva: un palo y alrededor la alfalfa seca para pienso del caballo. Hacía más de diez años que vivían en el pueblo. A la abuela le abría encantado Chagal, estoy segura.

El ruso Nicolás comenzó a tocar una hermosa melodía, muy triste, seguro añorando su tierra natal (no sabía ninguna marcha nupcial) pero hizo emocionar a los invitados. Primero entraron los siete hermanos con María y luego la novia del brazo de León, parecía una ilusión, de blanco, como entre espumas, tan hermosa y resaltando sus ojos celestes, color del cielo. Todo desapareció a su alrededor y quedó flotando su figura, “nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción”.

Epílogo, por María Ichaso

El poder de la pluma es infinito. Puede apagar incendios, esconder dictadores en tierras remotas, resucitar con electricidad, secar mares, engañar lectores, convertir a un sapo en príncipe, enamorar a un monstruo, pero lo que definitivamente no debe es desentenderse de la consecuencias.

Frente a frente en el negocio, Maité no quiso reconocerlo, él tampoco. No iba a dar el brazo a torcer o tal vez abrigaba la esperanza de que no fuera ella. Hay gente que cambia mucho en cinco años. Quizá si ella le hubiera sonreído, él le habría preguntado por qué. Dos palabras que lo acompañarían por el resto de sus días. Igual no la hubiera perdonado, pero al menos saber, saber por qué se fue, por qué lo dejó, por qué no volvió, por qué estaba con quién estaba. Las preguntas sin respuesta caen como piedras al fondo del aljibe. Irrecuperables. Tampoco tenía demasiado tiempo, ni ganas de dedicarle a saber que pasó. Simplemente pasó. A otra cosa mariposa.

Esa noche en el camino de vuelta a Indarribia, Andoni rumeó la idea de pedir la mano de Aidé Ibarrón, sobrina de la nueva difunta, para que le criara a Joseba y se hiciera cargo de los chanchos. No le veía uñas de guitarrero, pero para muestra vale un botón. Maité de muchachita prometía ser una buena esposa, madre y resultó ser una perdida. Andoni no hablaba mucho, pero no era ciego. A él no le iban a vender gato por liebre. Lo que percibió en la mercería no tenía perdón de Dios. Por suerte en la única foto en su haber estaban él, Botón, Joseba, el buey y la casa. Ella, no. Cuando llegara, tiraría el último rastro de la ingrata, el rosario de la tía Juana. Allá ella y su conciencia, aquí él y el deber.

Al acercarse a la montaña de Indarribia esa madrugada, el amanecer lo esperó antes y más purpura que de costumbre. Andoni había vivido tantas salidas del sol para saber que ésta no era una de ellas. Para qué apurar el paso, él podría correr, pero el buey viejo con la carreta pesada cuesta arriba no trotaría. Además, por más que él quisiera, no cambiaría nada. Los vientos del destino son implacables. De un plumazo la vida le cantó órdago a la grande. Andoni no tenía otra carta en la manga con que darle más que la cinta negra en el bolsillo.

La misión V, Por María Helena Melón Gil

El mejor profeta del futuro es el pasado, Lord Byron

Tuve la certeza que la casa gritó ¡mancha! y la viña me había esperado por años, que Ciriaco era un amigo de siempre y Porfirio, un chico sin padre, que de algún modo, me completaba. Con el chango mechamos tareas de campo y prácticas de inglés y francés, con dificultad de su parte para pronunciar y retener los nuevos nombres de las cosas ¿Comué, cómo se llama?”, repetía. Incansable Porfirio, trabajaste de la poda a la vendimia y ya envasamos los primeros vinos. Has sido el mejor colaborador, ya podés guiar a los turistas. En un futuro, te quiero de socio. Sos voluntarioso chango, valés un montón. Él me miraba, con un “acuso” así de grande en el cachete y sonreía. Sobraba fe y confianza entre los dos.

En cada recorrida por la viña Porfirio andaba entusiasmado ¿ha visto la uvita Don? ¿Vio comué de rendidora? Ahicito trepa como loca el alambriao. El padre Ciriaco cada tanto repicaba: Flor de macha se va a agarrar este chango con tanta barrica llena. No vaya a ser que el Porfirio ande catando solito. Yo digo de juntarnos pa’ ese trabajo”. Los tres nos habíamos “amichao”, como dicen por acá, con un nudo fuerte y sincero. Después apareció Llantay para las cosas de la casa. Sin aspaviento, con la dulzura del cayote me fue entrando en el alma y me atreví a soñar.

Las piezas sueltas de mi vida encastraron como imantadas. Fue un tiempo bueno y generoso, hasta que llegó el sufrimiento y no existió otro calendario desde aquel jueves en que llegué a Buenos Aires por el cumpleaños de Amalia, mi hermana menor, y visité al Dr. Salgado. Las viejas molestias me tenían mal y resultaron síntomas de una penosa enfermedad. Mi cuerpo respondía arbitrariamente a las órdenes del cerebro. Convivía con una fatiga ingobernable y una visión, día a día, más difusa. Por años ignoré los anuncios, asumiendo mi declinación como torpeza, lentitud y falta de carácter. Recordé cuando mi socio Cárdenas sugirió las vacaciones. Todo apuntaba al stress. Entonces sentí el llamado del norte. Mi sangre se convulsionó con el regreso a la tierra de mis ancestros, no sabía que era una tregua antes de partir y me iría con los brazos llenos.

Padre Ciriaco, cómo Diosito no ha de darle una yapita al Don -rezaba mi chango en los últimos momentos. Agradecele al Diosito nuestro que lo tuvimos. Se está yendo sin bellaquear. Se ha muerto, ya se ha ido. Mi mano quedó al resguardo entre las tibias manos de Llantay. Las palabras de Porfirio y Ciriaco fueron las últimas que escuché.

Epílogo, por Miguel Cané

Lo primero que se siente es indignación, una mezcla de rabia con impotencia. La mente desata esa furia, el cuerpo acompaña y reacciona buscando venganza, ciego ante la enorme injusticia. Ya sabe él lo que eso significa, después de una vida en la política ¡Cuántas veces lo habrá sufrido de presuntas víctimas de su gestión, cuántas de estas finalmente cambiaron de parecer ante la fuerza de las evidencias! Pero siempre hubo y habrá algún loco, resentido o inadaptado, la prueba está a la vista con las cosas que ocurren a diario en el mundo.

Claro que en este momento el cuerpo no responde a las señales de la mente. Demasiado deteriorado para hacerlo, ahoga la frustración inmóvil sobre la acera, impotente ante el charco borra vino que se agranda y agranda. La mente opta entonces por viajar, evade el horror del momento, ignorando las preguntas o palabras de aliento de la muchedumbre que se agolpa alrededor. Como un relámpago, comienzan a proyectarse ante una pantalla virtual, flashes de la vida, imágenes, sueños incumplidos, cosas que se guardan en algún secreto lugar del subconsciente con la íntima esperanza de retomar algún día. Como esa novia de la secundaria, que lo abandonó una vez, harta de sus permanentes flirteos con otras. Nunca, jamás, pudo olvidarla y siempre deseó volver a iniciar la relación pero, aunque lo intentó, por un motivo u otro no logró hacerlo. Ahora su mente planea sobre Tandil, los veraneos en el campo de la familia materna. Torpe y temeroso, así era como se veía al lado de los primos, mucho más rústicos y campechanos. Sin embargo le fascinaba ese ambiente. Los gauchos, gigantes contra el crepúsculo de la alborada, sobre sus caballos bufando de ganas de salir al campo abierto para juntar la hacienda. O los tractores, como hormigas, cortando melgas día y noche para transformar el color del paisaje serrano. Sentía cierta turbación para manifestar ese sentimiento, se suponía que él era el porteño, los primos así lo etiquetaban. La única que parecía entenderlo era ella, la abuela América, que siempre estaba allí y sabía con exactitud lo que pasaba por su cabeza. Como ahora nomás: allí puede verla, entre la bruma del amanecer, sentada en la silla de ruedas mirándolo fijamente, con una expresión mezcla de enorme bondad con infinita tristeza.

Amanece, un sol enorme recorta el horizonte, tan pero tan luminoso que lastima sus pupilas. Ahora es tiempo de tomar decisiones.



Ejercicio con foto – 4ta. propuesta

Esta vez la propuesta consistió en continuar la historia de la fotografía eligiendo una de las siguientes opciones:
– Epígrafe: “quiso convencerse de que estaba despierto, aunque no podría asegurarlo”. Leonardo Padura.
2- Incluir la siguiente frase (en cualquier lugar del texto): “Nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción”.
3- Epígrafe: “Fuera, quizá, el frío había cedido y hasta podría ser una linda mañana”. Leonardo Padura.
4- Título: “La traición”

El viaje a la Capital del país, por Adela Caffaro

“Fuera, quizá, el frío había cedido y hasta
podría ser una linda mañana.”
Leonardo Padura.

Faltaba poco para finalizar las tareas en la feria, no más de una hora. Los visitantes y compradores comenzaron a retirarse, cargados con los objetos adquiridos. Felices y bulliciosos iniciaban el viaje de regreso. Propietarios y ayudantes de los puestos desarmaban las estructuras levantadas para esa actividad, mientras que unos pocos hacían los respectivos arqueos de caja.
El Ramón, muy serio, contaba lo recaudado cuando notó que la Petrona no estaba junto a él como lo hacía siempre, se sintió incómodo, dolido, atribuyó esta ausencia a la desilusión de no obtener lo necesario para viajar, era evidente que no alcanzarían los pesos de las ventas ni para el pasaje de ida, al menos ella tendría que haberse quedado en ese lugar y “apechugar” juntos el cimbronazo, pero no, lo dejó solo cuando más la necesitaba. Sitió bronca y de nuevo el dolor en el pecho. Juntó lo último que quedaba del puesto, tras que fueron pocos los frutos ofrecidos algunos no se habían vendido, ellos los consumirían, pensó. Escuchó risas, voces, hasta plausos del lado donde vendían las vasijas, eso sí que funcionó mejor que otras veces, la pucha si se había equivocado. Levantó la vista para mirar quiénes festejaban, vio que la Petrona venía corriendo como nunca, al Tadeíto lo traía en brazos el Lisandro, detrás la Eulogia y vecinos a los gritos. No supo qué pensar, estarían borrachos, cosa que dudaba, no eran de beber y menos habiendo gente desconocida.
La Petrona llegó casi sin aliento, lo abrazó, sonreía, le mostraba una bolsita que él le había hecho con un pedazo de cuero sobado, cosido con tientos, similar a las carteras que algunas turistas solían llevar a la feria. Contenía un montón de pesos jamás visto antes. No entendía lo que pasaba.
Tomó la palabra la Eulogia y le contó, lo del bolso, las vasijas y que las ventas habían superado a los otros puestos, eso no era todo, también tuvieron de compradora a una señora muy elegante, amable, andaba vacacionando con el marido, doctor y director de un importante hospital de la Capital del país…
Ellos se interesaron y preocuparon por la enfermedad del Tadeo. Sería operado en el hospital que él dirigía. Les entregó un cartoncito escrito, su tarjeta personal. Recomendó que no la perdieran, los esperaba lo más pronto posible en la Capital. El Jacinto leyó con voz temblorosa: Dr. Roberto Ibarburen. Director “Hospital de niños Ricardo Gutiérrez”. Gallo e/ Charcas y Paraguay. Capital Federal- Rca. Argentina.
Había agregado de puño y letra “operación sin cargo”.
Tenían el dinero para el viaje y la operación gratis. El problema estaba resuelto.
“Fuera, quizá, el frio había cedido y hasta podría ser una linda mañana” pensaron la Petrona y el Ramón. Viajarían. Estaban seguros que muy pronto el sueño de ver caminar a su hijo se cumpliría.

Sueños IV, por bety Sabbatini

“Fuera, quizá, el frío había cedido y hasta
podría ser una linda mañana” Leonardo Padura

También para ella la realidad era dura. Su marido tan joven, inseguro, con dudas existenciales que la herían, como dudar del amor al hijo. Alicia lo notaba. El bebé lo buscaba con la mirada, le sonreía más que a nadie, le tendía los bracitos cuando llegaba del trabajo, quizá presentía sus sentimientos poco claros. Martín respondía con muecas pensando probablemente en las insatisfacciones laborales.
Ella no se había casado por el embarazo, tampoco lo había buscado para lograrlo. Lo quería, apreciaba en él que fuera cariñoso, el nunca ofenderla o ¡pegarle!, tan común en esa zona. En la intimidad no parecía tan joven, no era apresurado, siempre ella primero y la que recibía las mayores satisfacciones.
Pero luego del llamado de la madre ese día de semana, se lo veía más taciturno. Alicia se atrevió a llamarla. Cuando supo lo que pasaba no tuvo la menor duda: ella sabía que era más madura, más decidida e hizo el pedido a sus padres. En una semana y con los dos boletos de avión en mano fue a la casa.
Ahí encontró a Martín en la sala de estar, concentrado en la reproducción del cuadro de Dalí. Ella sabía que cuando lo hacía pensaba en el padre. Le mostró los boletos y le aclaró que era un regalo de sus padres que apreciaban mucho a Pedro.
Esa misma semana hicieron examinar al bebé para ver si estaba en condiciones de viajar y partieron.

A la llegada a Buenos Aires, los esperaban los amigos de aventura en España. Alicia lo percibió y observó la sonrisa de Martín al verlos, el orgullo al mostrarles el bebé.

Aunque la operación fue exitosa, la vida de Pedro tenía un pronóstico reservado. Apoyó a su marido, lo apoyó mucho, se sabía más madura, más segura de lo que quería y hasta de lo que él quería.
La decisión no fue difícil. Se quedaron en el país, nunca traicionarse, ni traicionarlo, fiel a sus sentimientos. Él algún día lo comprendería él amor con solo extender la mano…

Secretos bien guardados II, por Hanna

“quiso convencerse de que estaba despierto,
aunque no podría asegurarlo”. Leonardo Padura.

Una noche como pocas, de hermosa luna llena y el momento que Emilia esperó durante años y sin embargo, no fue como había pensado.
─Emilia yo…
─ ¿Qué me vas a decir?
─Lo siento.
─ ¡Lo sentís! ¿Y qué se supone que haga? No lo solucionarás con una disculpa, no te estoy culpando, creen que porque pude seguir adelante y mantener la cordura, todo quedó en el pasado y ya nadie lo recuerda (se levantó una brisa fría), pero yo sí. Esperé tanto tiempo tenerte acá, no quería reaccionar de esta manera, pensé que el dolor, la angustia, ya no estaban y ahora me doy cuenta que aún duele y no sé qué hacer, pensé mucho en qué decirte, pensé en abrazarte y llorar juntos, pensé tantas cosas. Quiero hacerte una pregunta… ¿Por qué no volviste?
─Yo…
─Ya sé la respuesta…creíste que era lo mejor, qué casualidad, muchos pensaron lo mismo ─una carcajada irónica lo sobresaltó─ pero nadie me preguntó qué quería. Decidieron por mí, vos decidiste irte, y me pregunto ¿en qué pensabas? Te aseguro que no pensabas en nosotros, habrá sido en tu madre, o en la ira de la mía, en la vergüenza o quizá en los malos momentos que pasarías. ¿Pero en mí? En mí pensó mi mamá cuando me arrastró a los campos de Erézcano ─rió entre sollozos─ y dejó que pasara los meses más aterradores de mi vida, no supe qué quería hacer ella con mi hijo. Esperaba que el príncipe azul me rescatase, y que fuéramos felices y comiéramos perdices. Así me mantuve para no volverme loca, pero nada de eso pasó y, cuando llegó el momento, se lo llevaron y tuve que soportar volver a casa y ver cómo mi mamá, va… ni siquiera ella, otros criaron a mi hijo. No te preocupes, supe reponerme y encontrar un lugar para estar a su lado y ser la hermana compinche e incondicional. Creyeron que el tema estaba solucionado, cuánta hipocresía, es lo que más desprecié, cuidar tanto hacia afuera cuando adentro corrían lágrimas de sangre que nadie veía. ¿Qué me podés decir? ¿Por qué no volviste?
─Emilia…
─Para qué ibas a volver, seguramente pensaste que te olvidaría, solo un mal recuerdo en nuestras vidas. Ah, no, no, no fue eso lo que pasó. ¿Querés saber lo que pasó? Iba a tener un hijo y nunca te enteraste, ¿por qué? ¿Por qué no leíste las cartas que te mandó Inés? ¿En qué pensabas? En mí no, seguramente. No sé qué es más doloroso, si lo que viví o tener que recordarlo, juré no volver atrás, con qué derecho vivir tantas veces semejante momento (llegó mi vecino y como siempre bajó las persianas) aquí estamos, en mi mundo maravilloso y feliz, frente al mar en una noche de luna llena, cenando como dos viejos amigos. ¿Puedo hacerte una pregunta? ─ dijo en voz baja, indecisa, la pregunta que late en su alma desde hace treinta y dos años, a la que todavía no había encontrado la respuesta.─ ¿Me amabas? …No, no me contestes, no quiero saberlo, ¿qué cambia? No se borrarán los sufrimientos, ni serán reparados. No tiene sentido, hay que soltar y dejar fluir (Julia olvidó otra vez el perro en la playa) ya no tiene sentido que sigamos con todo esto, vamos a descansar.
─No, Emilia.
─ ¿No? Vos me vas a decir qué es lo que tengo que hacer. ¿Con qué derecho? Ya pasó ese tiempo. No soy la Emilia dócil, vulnerable, me construí otra, enterate, esta Emilia puede atravesar tornados aunque esté herida, no queda nada de aquella que vos conociste y que quizás amabas, porque… en ese entonces decías eso, y lo creí, ahora si lo pienso éramos unos adolescentes enamoradizos que creímos que podíamos transformar la calabaza en carroza, que tenía zapatos de cristal, eso duró poco, se rompió cuando vos te fuiste y terminé encerrada en la torre arrastrada por la madrastra. Allí terminaron los sueños y desperté. Así que decido yo, esta conversación se terminó ─y bajó a la playa.

Otra vez la esquina, por Lia Ruau

¿Se acuerdan del juego anterior, cuando nos imaginábamos una toma aérea que llegara hasta la esquina de Sarmiento? ¿O la foto que pueda extenderse hasta cruzar la calle, para ver si está Belgrano en el medio del boulevard?
Pues aunque no quieran creer, en los cientos de imágenes que se acopiaron para el Centenario, había una de la esquina de Avenida San Martín y Belgrano. Y ahí está: el edificio de ladrillos sin revocar, con la persiana de chapa en la ochava y el nombre: FANELLI Hnos. Dicen que el jeep sin edad en insólita posición es de los antiguos dueños de la casa de la izquierda, que volvieron al pueblo en los 60.
Me cabe pues, la casi certeza que esta imagen es posterior a la del camión cargado con fardos de lana. Siento tantas cosas en común con esa foto (aunque no estoy), como que ando curioseando por el interior del negocio, jugando en la vereda, o dando vueltas a la manzana en la bicicleta con rueditas….
Pero en esta no me encuentro, han pasado unos años, ¿diez quizás? Ya no estaba el local de acopio de lanas, ya no anduve por ahí. Vuelvo a mirar la imagen y busco más…
La toma impide ver el boulevard, hay una extraña ausencia en esa perspectiva de la esquina. La imagen nublada, como después de una fuerte lluvia, si hasta parece que el viento mece el farol de la luz ¿Será en los 60, con esos postes altísimos, los baldíos en la cuadra y a lo lejos las plantas de la Plaza y la torre de la Iglesia?
Cierro los ojos y me parece ver el paredón de la esquina con el mural, el Jardín a mitad de cuadra, la calle poblada de gente y autos en el horario de salida, una mole blanca con varios pisos en el primer plano de la imagen…
Nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción. Vuelvo a mirar y la tarde está cayendo, la lluvia cesó y queda la calle mojada, nadie camina. Junto al local de ladrillos de la esquina, el viejo auto está entrando en su garaje, ¿será Fanelli que ha vuelto del campo?

DISECCION, por Mecha Zambrano

Aquí me tienen frente al cuadro que ha sido el leit motiv de los últimos ejercicios y, al mirarlo por enésima vez, me doy cuenta que “nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción” lo que aparece ante nuestros ojos.
Ninguno de los personajes de la foto era o fue lo que representa.
El que lleva el uniforme, lo único que vistió fue el traje de fajina de conscripto. La dama que lleva la sombrilla, los kilos que porta de más son lo realmente verdadero. El marinerito, sólo navegó en el Buquebus, como pasajero. La muchachita que simula ser una niña tímida y usa un sobrero que parece un velador, es una charlatana que no se sonroja fácilmente.
La niñita que recuerda a una integrante de la familia Ingalls, nunca dijo una palabra en inglés. Solamente el de galera tiene una expresión similar a la que, cuando muchacho, se agarraba flor de borracheras.



Ejercicio con foto – 4ta. propuesta

Esta vez la propuesta consistió en continuar la historia de la fotografía eligiendo una de las siguientes opciones:
– Epígrafe: “quiso convencerse de que estaba despierto, aunque no podría asegurarlo”. Leonardo Padura.
2- Incluir la siguiente frase (en cualquier lugar del texto): “Nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción”.
3- Epígrafe: “Fuera, quizá, el frío había cedido y hasta podría ser una linda mañana”. Leonardo Padura.
4- Título: “La traición”

IV, por María Ichaso

Cada uno hace lo que puede y el que no puede, también. Entender lo que vio en la mercería “La del mal paso” era tarea difícil para Andoni, aceptarlo, imposible. Sin embargo, todo llega, algún día los olmos darán peras. Mientras rumeaba el dolor camino a Indarribia esa noche pensó en Joseba. Qué decirle al crío. Cómo decirle al crío. Cómo explicar algo que uno mismo no entiende. Los bueyes tiraban el carro cuesta arriba y él, la existencia cuesta abajo. Desagradecida la Maité. Quién la cuidó todos esos años, quién le trajo la leña para que hache, los chanchos para que pele, las herramientas para carpir la huerta, la lana para que lave, las gallinas para que cuide. Quién le dio al Joseba, quién le trajo a Botón. Desagradecida una y mil veces. Quién otro la iba a agarrar, pobre y flaca como la encontró. A lo mejor la mujer que vio en la mercería no era ella, se parecía muy poco a la que se fuera cinco años atrás. Ella fingió no conocerlo, él también. No le preguntó por Botón ni por el crío, ni por los pollos, ni por los bueyes, ni por la casa, ni por el rosario de la tía Juana. Estuvo tentado en mentirle y decirle que el cusco se había muerto para lastimarla. Al final lo hizo.
A partir de ese día Andoni se bautizó viudo. En realidad no faltaba a la verdad, Maité había muerto para él. La señorita de la mercería no era su Maité. El pelo teñido de paja, los labios dibujados, el agua florida, las uñas rojas demostraban poco trabajo. La única señal que la delató fue cuando Andoni le dijo:
-Voy a llevar una cinta negra para hacer un crespón, pasa que ayer enterré a mi perro.
Los ojos se le abrieron como el dos de oro y las mejillas como faroles.
-¿Cuánto va a llevar? -le preguntó impávida.
-No sé, no más de lo necesario para anudármela al brazo.
Maité, o la vendedora, midió la cinta con el metro dibujado en el mostrador y sin mirar a Andoni, o el cliente, se la entregó doblada en cuatro.
Así fue que Andoni partió de Donostia con la cinta que le quemaba el bolsillo de solo pensar que ella la había tocado. Y así fue que también partió hacía Indarribia sin saber que la usaría de por vida atada al brazo.

Apuntes de viaje, por María Helena Melón Gil

Primera noche en la pensión, cama y paredes desconocidas. Amanecen pasos por la calle, se filtra un haz de luz, el oído atiende. “Nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción”. Preparé un bolso con lo necesario y desayuné. El chico, Porfirio Puca, esperaba para guiarme. Partimos por un camino largo a la quietud terrosa del paisaje, al son de las campanas del padre Ciriaco.
La Puna merece que uno la ande, se empolve y la intrusee. La puerta entreabierta de un rancho, los vestigios del rescoldo, un corralito perdido, animan a curiosear. Removiendo cenizas, la propia conciencia puede echarnos frío de la espalda a la nuca. No hay que asustarse, asoma la magia. El color de la tierra se repite, salvo en el cielo, uno lo mira y lo mira, no espera lluvia, quizás una respuesta. Los ríos se perdieron en la opacidad del suelo. Bajo este cielo inmenso, los intrusos quedan a la buena de Dios.
A la vera del camino, un cementerio colonial de rasgos simples. Lindeza y aroma de ausencias. De dónde vienen los muertos. Quién acomoda las flores de papel o da el responso. No se ve un alma. La Puna quema con dudas antiguas del hombre y la justicia.
La cabra es abrigo, comida, leche tibia. Si anda alguna, el coya está cerca. Aparece sin bulla de la nada o del todo, como se prefiera. Uno se pregunta de qué viven y reconoce la utilidad de un burro. Con qué poco se arreglan estas criaturas. Se intuye la medida de sacrificio y conformidad.
Un punto lejano se movió despacio hasta hacerse nítidas las patitas envueltas en tejido, la cara plana, el pelo liso. Poncho sobre poncho, un envoltorio y el crío a cuestas. Pregunté a la madre qué necesitaba. Simplemente respondió, caramelitos. Mansa, digna, con la belleza austera del cardón y la misma soledad. Esto solo podría haber ocurrido en el altiplano.
Volvimos a Seclantás, cuna de mis anteriores. Quise instalarme en fijo y dejar la pensión lo más pronto posible. La rueda de mi vida entraba a moverse. Era un hecho, Porfirio sería mi ladero.

¿La Grieta?, por Miguel Cané

En estos días, los argentinos hemos sido sorprendidos por hechos que nunca hubiésemos imaginado que podrían suceder por aquí. Esta clase de sucesos, pensábamos, ocurren en otros lugares. Países con conflictos raciales o religiosos, con problemas de superpoblación u otras cuestiones tan remotas a lo que interpretamos como nuestra propia idiosincrasia. Sin embargo, nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción, aun cuando estos hechos ocurrieran en lugares que nos pueda parecer más “lógico” que sucedan.
El primer acontecimiento extraordinario, de otro planeta, fue lo que ocurrió con Cristina hace unos días ¿Cómo puede ser que nadie haya previsto que esto podría pasar? ¿Cuando un juez concede la prisión domiciliaria, no se observan las condiciones mínimas de seguridad para que no ocurran estas cuestiones? Pareciera ser que no, a juzgar por los hechos. Más allá de la ignominia que pueda significar para un país el suicidio de una ex presidente ocurrido durante el arresto domiciliario, con toda la carga de intrigas y suspicacias que esto conlleva, el incidente podría haber pasado como un error más a corregir, en esta post cultura algo naif por la que el país transita después del despegue económico que comenzara diez años atrás.
Lo que pasó después, aún hoy nos produce esa sensación de desasosiego, de vacío inexplicable. La Argentina ha sufrido numerosos casos de violencia política durante sus orígenes tempranos. No así una vez que estuvo medianamente consolidada su organización nacional. Podrá decirse que hubo advenedizos en funciones de gobierno, abundan los ejemplos de inescrupulosos que aprovecharon la función pública para enriquecerse. Podrá decirse entonces que se cometieron asesinatos para robar, pero por fanatismos políticos…Vuelve a hablarse, después de varios años, de la grieta que supo dividirnos ¿Puede explicarse lo ocurrido por la famosa grieta? La mayoría de los argentinos consideramos que esta había desaparecido una vez que el kirchnerismo fuera desenmascarado por los acontecimientos ¿Quien va a defender lo indefendible? Para que exista grieta debe haber un choque de ideologías. Los ladrones no abrevan en ideologías.
Sin embargo ayer nomás, en un tibio día, víspera de primavera, cuando el ex presidente volvía de su rutina de ejercicio por las calles de Palermo Viejo, un fanático, o un imbécil, o un desquiciado, le vació un cargador completo de una pistola de 38 mm. Es posible que nunca nos enteremos qué motivaciones pudo haber tenido el asesino: se confirmó su muerte mientras era trasladado a un nosocomio después de haber enfrentado a la policía. Todo hace presumir que el atacante actuó en solitario. Algunas versiones indicarían que increpó al ex presidente en la calle, a viva voz, y que este intentó responderle. Incluso, dicen, se habría generado un diálogo que fue bajando el tono del agresor y, hasta parece ser, el ex presidente lo habría invitado a seguirlo en su propia casa, a sólo dos cuadras del lugar del hecho. Cuando parecía que el episodio no pasaba a mayores (siempre según las mismas versiones), súbitamente el atacante extrajo el arma.
El presidente Massa ha dicho que se investigará hasta las últimas consecuencias. Ojalá esto pueda ser factible. Más allá de ello, este tiempo debe ser de recogimiento y silencio, de búsqueda de explicaciones que, aunque no se encuentren, sentarán las bases futuras para que hechos como los que han sucedido por estos días, no vuelvan a ocurrir nunca más.

Pensión de la calle angosta IV, por Patricia Masjuan

Margarita, está linda la mar
Los versos de Amado Nervo le sonaban en la cabeza, la voz de su padre era más clara que nunca.
Margarita, te voy a contar un cuento
Este era un rey que tenia…
Dios mío, cuanto tiempo había pasado, ahora era ella quien se los contaba a sus nietas, poniéndole a cada una, su nombre en la poesía.

La pensión, por suerte, estaba llena. Esa mañana, una nueva pensionista, Ana Borges Tuñón, había completado el cuadro de llaves. Si bien no era muy bonita, su porte y el apellido tan pesado, le daban un carácter poético y atractivo, a esta mujer morena.
También esa mañana, para ayudar con las tareas domesticas, se había presentado Shirley, tendría unos treinta y cinco años, sus facciones eran asombrosamente armónicas. Debajo de la piel arrugada y seca antes de tiempo, se vislumbraba una belleza rara, pequeños ojos azules y la boca ajada por el tiempo.
Ana había llegado a las 11, cuando todavía el sol dejaba esa cálida huella por todo lo que tocaba. Margarita la acompañó a su cuarto. La cama, vieja y con respaldo de madera, era de una plaza y media, colchón alto, una sola almohada y una colcha llena de flores que alegraba toda la habitación. La luz entraba por la única ventana con vidrios partidos, también de madera, como los pisos, una celosía de metal pintada de verde y una cortina de lino muy fino, que dejaba entrever el balcón de la casa de enfrente.
Completaba la estancia una cómoda de cuatro cajones, sobre la que descansaba una lámpara de bronce muy brillante con tulipa de vidrio esmerilado, que parecía muy antigua, y una mesa de luz moderna, que no pegaba ni con cola, pero se ve que Margarita la había puesto allí urgida por las circunstancias y siempre que entraba en ese cuarto, se prometía cambiarla.
Ana le pidió permiso para traer un pequeño escritorio. Con ese apellido, Margarita no pudo negarse, así que esa misma tarde, llegaba el mueble, que parecía sacado de una novela de Katherine Mansfield.
A las ocho en punto de la noche, la comida estaba servida.
Estábamos todos, Pablo que comentó que esa noche iba a seguir buscando a Herminia, Germán con un montón de libros bajo el brazo, Mauricio que seguía con su camioneta llena de juguetes, Margarita, sentada al piano, interpretando algo para mi desconocido, Shirley sirviendo la mesa, Ana, la nueva pensionista y yo, que miraba a todos buscando alguna historia que me llevara a la fama.

“Nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción” pensó Ana cuando vio a todos los componentes de su nueva familia, y pensó también que, quizás, podría ser feliz allí.



Ejercicio con foto – 3ra. propuesta

El ejercicio consistía en escribir sobre la imagen elegida (la misma que hasta ahora), seleccionando una de las siguientes opciones:
1- Inicio dado: “La desgracia nos anda buscando la alegría”
2- Inicido dado: “Para todos, para mí mismo, la historia comienza el día que…”
3- Epígrafe: “Para bien o para mal, la única realidad que queda es la historia escrita”
4- Final, terminar el cuento con esta frase: “Sentí la ebriedad del aventurero, la ceguera del iluminado”

La desgracia nos anda buscando la alegría, por Emilita Melón Gil

José Pedro siempre había estado enamorado de Marta, la vendedora de “La Capital”, ridícula para todos menos para él. Percibía lo que de único hay en cada persona. Desde su negocio de enfrente la observaba, seguía siempre sus movimientos con interés.
La desaparición de la mujer lo sumió en la desesperación. Supuso que habría muerto en el secuestro por las manchas encontradas en su cuarto, pero no estaba seguro de nada. Hasta que ocurrió lo inesperado.
Obsesionado en sus pensamientos, cruzó la calle a tomar un licor. Cuando llegó el momento de pagar, miró a la cajera que le daba el vuelto, ella tenía en la solapa un prendedor antiguo que llamó su atención.
La supuesta muerte de Marta y la tristeza que esto le había provocado, no impidieron que la chica lo perturbara, un comienzo de olvido lo invadía…
– ¿Cómo te llamás?- Le preguntó.
– Teresa. – Contestó la joven vendedora.
– Muy lindo tu prendedor, ¿querés salir conmigo el sábado?
– De acuerdo. – Respondió la joven que le dedicó una espléndida sonrisa.
No faltó quien advirtiera a la chica sobre José Pedro y sus obsesiones… No hizo caso a nada y se preparó para la salida. Aunque bastante mayor, lo veía como candidato, era su oportunidad, quizás, de casarse y de llevar una mejor vida. Cantando y con alegría preparó su conjunto más nuevo y el prendedor de su abuela que tanto llamó la atención de José Pedro.
LLegaba el día de la cita, el hombre inquieto solo pensaba en lo que le diría a Teresa, el prendedor era igual al que solía lucir Marta, un diseño muy particular, llamaba su atención, como podría la joven haberlo adquirido. Sus sospechas se agigantaban a medida que pasaban las horas… ¿Si ella fuese cómplice de la desaparición de Marta? Sin embargo, eso mismo es lo que había llamado la atención de José Pedro. El prendedor, eso los había unido.
El sábado se presentó con un sol esplendido, cuando se encontraron a la hora prevista, se saludaron con un beso. Teresa, señalando la solapa de su abrigo, le dijo: Me puse lo mejor que me dejó mi abuela, este prendedor fantasía que es copia de uno muy valioso.
Se tomaron de la mano y caminando se alejaron, los dos sonreían….

El acontecimiento, por Malena Varadé

Amanece, con la poca luz que hay, el sol todavía no ilumina, veo por la ventana todo blanco, paisaje lunar, cielo plomizo, quietud absoluta, sin viento, dan ganas de salir al parque y dar una vuelta para ver a qué plantas afectó más la helada, pero el frio me detiene, cero grado.
Después de desayunar, sentada, bien pegada a la estufa de leña que crepita y larga chispas rojas que se van convirtiendo en negras y desaparecen, terminé de leer la trilogía de Dolores Redondo que me tuvo atrapada durante una semana.
Tomo el libro de Chagal y leo “Marc Chagal está considerado como el pintor poeta por excelencia, su pintura está impregnada de mitología y mística en sus lienzos, las personas, las vacas, los gallos y los pájaros desafían las leyes de gravedad de Newton y flotan felices por los espacios”.
Extasiada contemplo El acontecimiento.malena chagall

Amanecía, otro nuevo día, la primera que se levantaba, María (la madre), prendía el fuego en la cocina de leña que pronto caldeaba el ambiente ya que, al mirar por la ventana, se veía todo blanco. Grande como toda cocina de campo, en el centro luce una enorme mesa de madera rodeada de doce sillas, el gran armario se apoya en una de las paredes y en otra, la ya nombrada cocina de leña, mesada y pileta, dos ventanas que daban al campo una y otra al jardín.
León (el padre) como todos los días al llegarle el olor a café recién hecho, se levantaba e iba pasando cuarto por cuarto para despertar a los ocho hijos, algunos protestaban otros ya estaban en pié. La larga mesa preparada, lista para recibir la bulliciosa llegada de los jóvenes y chicos.
El padre y los dos hijos varones, después de desayunar, partían al establo a ordeñar las vacas. León seguía con la usanza traída de su Francia natal, gran galpón con altillo donde se guardaban los fardos de pasto y abajo el pesebre, gallinero y lugar para la americana. Cada uno tenía sus tareas asignadas, pero el mayor placer era, después del almuerzo, una hora libre antes que el maestro los llamara a clase.
Casi siempre jugaban alrededor de la casa pero ese día, hermoso, de sol después de la helada, decidieron ir a la laguna. Había que pasar por un tupido monte de talas que les inspiraba miedo a los más chicos, cosa que le divertía a los grandes. Tenían que seguir el camino hecho por las vacas que iban a tomar agua a la laguna, de lo contrario no sabrían por donde salir. Los tres más chicos quedaron rezagados, en un momento escucharon un ruido a ramas quebrándose, la respiración se les hizo más rápida, se tomaron de las manos, los ojos grandes como queriendo salir de las órbitas.
– Nos sigue alguien – dijo la más chiquita.
– ¡El cuco!, y se puso a llorar –Gritaron, nada, silencio y de nuevo pasos, estaban blancos como papel, temblaban. Unos ojos redondos, negros, los miraron. Se taparon la cara con las manos. – Veamos qué es – la más valiente fue destapándose.
Grande fue la sorpresa al ver dos ciervos que los observaban también con miedo, expectantes y dispuestos a correr ni bien ellos se movieran y así fue, saltando las ramas limpiamente huyeron.
No podían creer la hermosura de esos animales que vieron tan cerca como nunca, estaban acostumbrados a divisar la manada muy lejos. Cuando llegaron a la laguna hablaron los tres a la vez, el resto escuchaba fascinado, deseaban haber sido ellos los de la aventura.

Sigo leyendo, veo imágenes plasmadas en la tela por Chagal, pinturas de la aldea por lo general, el mundo fantástico creado por él, gallinas volando, vacas en el cielo, no sé cuál es la conexión pero lo vinculo con la vida de mis abuelos, mi madre y tíos en el campo. ¿Cuál es mi fantasía? ¿Por qué los identifico?

La casa principal, grande, simple pero cálida, con su galería al frente y atrás, techo a dos aguas, típica en el campo. Más lejos el galpón, como ya lo describí antes, más lejos la casa del peón y su familia y la casilla que sirve de escuela, siete alumnos, de doce años para abajo, más numerosa que cualquier otra escuela de campo.
malenaHoy todo es movimiento y nerviosismo, no es un típico día. Se casa Juana, la hija mayor, todo está dispuesto bajo los árboles, ya es octubre, el invierno pasó. El altar con mantel de hilo, bordado, traído de la lejana tierra vasca por la mamá de María y el bellísimo crucifijo de la tía Mariana. Bajo la galería, larga mesa y detrás de la casa una columna de humo que no se puede ocultar, ya los asados dispuestos.
El que primero llega es el señor Cura, luego el ruso Nicolás que toca el violín y trabaja en el campo vecino. De a poco van llegando los invitados.

III, por María Ichaso

Así como la hiedra asfixia al árbol, así, Indarribia asfixiaba a Maité. La tranquilidad y la paz de los días la ahogaban. No tenía nada en contra de Andoni, pero la realidad era justamente esa, no tenía nada. Joseba crecía sin pedirle permiso y cada vez se parecía más a su padre. Ahorraban hasta en los buenos días, los desayunos se teñían de silencio. Con la misma mirada, Andoni retaba a Joseba o a Botón y -con la misma mirada- le pedía bacalao al pil pil, cocotxas al verdeo o que se desvistiera. Los años la obligaron a abrir las pinzas de la pollera gris, y agregar dos centímetros de cada lado del pantalón negro. Lo único que no le quedaba chico era el pañuelo en la cabeza. Pero lo que más le molestaba no eran los kilos que venían a quedarse, si no los que se le escapaban a Andoni, Joseba y Botón. Los tres cada vez más flacos y ella, más gorda. Comían tan poco, que ella tenía que hacerlo a escondidas o de noche. El hambre no la dejaba dormir.
La mañana que acompañó a Andoni a anotar a Joseba en la escuela del pueblo -en Indarribia había sólo hasta cuarto grado- decidió comprar un cierre nuevo y un giro a su existencia. Detrás del mostrador de la mercería “La del mal paso”, vio reflejada la imagen de una mujer que era todo lo que ella quería ser y no era. Las uñas brillantes de carmesí hacían juego con los labios corazón. El pelo largo hasta la cintura, suelto, más sedoso que el rocío. Las pestañas abanicaban unos ojos tan lindos como los de Mishita. La camisa blanca almidonada -no con clara de huevo-, la pollera un dedo arriba de la rodilla dejaban ver las piernas insolentes. La raya de las medias señalaba el taco puntudo. Cuando la señorita dijo y a ti qué te vendo, maja, a Maité le subió un ardor hasta el borde de la oreja. En vez de pensar qué desfachatada, sintió que estaba ante la persona más encantadora del mundo. No recordaba la última vez que Andoni le haya dicho algo lindo. ¿Diez? ¿Veinte años? ¿Nunca? Bonito era sólo un pez al ajo carriero o salsa verde. Fue así, que puntilla va puntilla viene, galón de acá, galón de allá, broche invisible o cordón, enagua o sutien, Maité se quedó en Donostía y no volvió más. No fue el amor o la ausencia lo que hizo que abandonara Indarribia, no fue tampoco el deslumbramiento o la ocasión lo que hizo que se quedara en Donostía, fue simplemente el peor de los dolores después de la soledad, el aburrimiento.

LA MISION, Por María Helena Melón Gil

Para todos, para mí mismo, la historia comienza el día en que elegí Seclantás. En la iglesia, frente a la tumba de Eulogio Manuel Severo, mi tatarabuelo prócer. Emocionado, casi en trance, no escuché los pasos del cura que, preocupado, se rascó una oreja al oír mi declaración. Me ofreció agua, hojas de coca y tomar el fresco bajo un aguaribay. Décadas de oficio y bendiciones, nunca se había topado a un deudo que llorara a un difunto de doscientos años. Se presentó: Soy Ciriaco. Cura santiagueño y setentón, amigo de todos por acá. Le confesé mis intenciones de afincarme en la tierra de mis ancestros y trabajar una viña. Con lo segundo se le encendieron hasta las cejas. Uno nace con la misión de ser feliz y propagarlo como plaga. Las vides ayudan. Quién al mundo vino y no bebe vino, dígame ¿para qué vino? –recitó-. Esta bebida celestial llegó por el padre Juan Cedrón, que poco tenía que ver con la infusión -quería vino de misa el chango- . Medio siglo después los franciscanos acarrearon de Canarias, uvas malvasía, todo por el ritual – igualito que Cedrón-. Más después, plantaron brotes chilenos de cabernet, cot y merlot. Don -dijo señalando el cielo- se pispea el paraíso con estos vinos. Enfiestan al pobre, al rico y mensajean. De la sequía y la tierra pedregosa, con sol y agua dulce de riacho, nace una uva corajuda, de piel gruesa y carácter fuerte. Igual que esta gente. Rústica, buena y con alguna maña, sino serían bichos raros.
Al rato, hicimos un trueque. El cura me invitó a probar empanadas y yo, pagaba. Vamos yendo -dijo. Trotamos a dúo en su motoneta por las calles de Seclantás, largando nubes por el escape. Va a ver, Don, -gritó- las más mejores, caseritas, toque de papa, carne a cuchillo, pimiento verde, rojo, dulzonas, crujientes. De pronto, clavó los frenos, reboleó su poncho corto y gritó: Porfirio, Porfirio Puca, vení. Este chango -dijo-, criao acá, va a serle de beneficio. El asistente que irá necesitando. Siempre despiertito, acompaña turistas con historias viejas. Conoce las fincas, el trabajo, lo que se vende o arrienda. Sepa, hay patrones franceses, chilenos, un suizo, porteños y locales. El pago se transformó en un mundo pequeño y el changuito ahura quiere estudiar turismo, inglés y francés. Solito se anda costeando. Apoya a su madre y a una chorrera de hermanitos. Usted lo ayuda a él y él a usted. Hacerse bien, les dará felicidad. Nuestra primera misión ¿recuerda? Ser feliz. La llamada de Cárdenas, mi socio, interrumpió la conversación. Circunspecto siempre, sugirió: Si me permite Dr. Severo, ante tamaña decisión para el “bureau”, tómese un tiempo prudente. Disculpe el atrevimiento pero ¿un profesional de la salud? Unas sesiones ayudarían. ¿Recuerda a Soledad Peñalba? Mi prima soltera, le he hablado de ella en alguna oportunidad. Podemos organizar una cena con Soledad y María Irene, mi señora, cuando regrese del norte. Muchacha de las de antes Soledad, compañía segura. Los procesos de cambio en el adulto joven son espinosos. Confieso que lo sé, los he transitado antes. La soledad, ahora me refiero al sustantivo abstracto, es mala consejera. Algunos hombres se valen de las nuevas tecnologías para conectarse, debido a un espiral de angustia ¿con qué clase de mujeres? Superfluas. Manzanas de Eva. Lo he constatado en la red. No quiero resultar denso o atrevido, pero somos presa fácil. Otra generación ¿comprende? Jamás le habría pedido consejos al Dr. Cárdenas. Como pude, me desembaracé de él. Mientras, el Padre Ciriaco preguntó: ¿Le molestaría que lo llame Don Lolo? ¿Don Eulogio tal vez? Aliviana al Eulogio Manuel y al Severo, es más llanito. Igual, en un suspiro, todos sabrán quién es, de dónde vino y qué se trae. Seclantás no es el tour de Francia, es un circuito chico, muy chico. Le dije: Eulogio está muy bien. A la chapa de bronce que reza: Dr. Eulogio Manuel Severo, la dejaría de recuerdo para mi socio, el Dr. Cárdenas. Pronto dimos con las empanadas, el aroma a cocina de campo me despabiló. Vamos a probarlas Eulogio o ¿está empachao? Encontramos una mesita ideal, con servilletas de papel dispuestas y un chipaco recién horneado que la dueña dedicó al Padre Cipriano. Diez empanadas, no menos de diez, copita de la casa y después, nos vamos yendo. Ya va a aparecer el chango que le va a ayudar con su hospedaje y los primeros pasos. Dígame Eulogio ¿De dónde le vienen sus ojos claros? Los tengo conocidos y no recuerdo quién más los tiene. ¿Importaba? No. Me sentía tan sereno en esta huella, atrás quedaba el camino equivocado.

Confesiones en pijama (desde el jardín de invierno), por Miguel Cané

Para mi significó una verdadera sorpresa la respuesta. El correo electrónico decía escuetamente: “lo espero a las 18 hs del próximo miércoles en mi domicilio”. Lo firmaba directamente él: el ex presidente. Yo sabía que ya casi no concedía entrevistas desde que anunciara algún tiempo atrás su retiro definitivo de la política activa. Era un hombre caracterizado por tomar decisiones firmes, de manera que la noticia había causado pesar entre la opinión pública, algo parecido al impacto que produce en la sociedad la muerte de un notable. En ese contexto, la favorable respuesta a mi solicitud de entrevista (confieso que hecha sin gran expectativa) resultó para mí, inmensamente halagüeña.
Quince minutos antes de la hora de cita daba vueltas, ansioso, alrededor de la puerta de entrada al caserón de Barrio Parque, no me animé a presentarme ni un minuto antes. Me había propuesto actuar con total objetividad y ser todo lo punzante y agresivo que la situación demandaba. Volví a hacerme el juramento justo antes de tocar el timbre. Una mujer anciana salió a la puerta de calle y me dio la bienvenida. ¿Sería la famosa Anita, pensé, aquella que se iniciara con su padre? Dudé, pero no me atreví a preguntarle en aras de mantener mi objetividad.
Segunda sorpresa: me recibe el mismísimo ex presidente en batón en la puerta de entrada. Quien fuera el hombre más poderoso del país, con una sonrisa de oreja a oreja, como si estuviera por disfrutar de la visita más importante de su vida, me hace pasar a un jardín de invierno. Algunas luces afuera, permiten vislumbrar una vegetación frondosa.
-Siéntese por favor, acabo de terminar de hacer ejercicio. Anita puede convidarle un whisky o un vaso de agua. Hasta las ocho o algo más podemos hablar de los temas que quiera.
Acepto el whisky, que trataré de casi no beber; la experiencia me indica que nunca hay que dejar pasar un entrevistado con ganas de tomar alcohol.
-Bueno, ex presidente – el uso del término no es casual, -trataré de ir al grano entonces. Primera pregunta: ¿qué balance hace de sus 8 años de ejercicio?
-Yo no sé que sabe usted acerca del golf- responde. -Es un deporte fascinante, requiere un enorme control y fortaleza psíquica. ¿Puede creer que los mejores jugadores del mundo apenas pueden recordar uno, dos, o a lo sumo tres golpes sobresalientes una vez finalizada la ronda cuando han golpeado a la pelota unas setenta veces? Puedo hacer un paralelismo con mi gestión de gobierno. ¿Cuál le parece a usted podría ser mi logro más importante, uno sólo, que me permita decir: “valió la pena haber jugado ese partido”?
Empiezo a pensar y balbuceo algo. Me corta.
-Se lo haré fácil. Lo mejor que hice fue haber dejado como reemplazo en mi partido a alguien mejor que yo. Es más: cualquier dirigente más o menos importante, de cualquier partido, es hoy mejor que yo mismo.
-Señor ex presidente – digo con ademán de fastidio. -Valoro su enorme humildad, pero me gustaría que esta entrevista resulte fructífera.
-Estoy absolutamente convencido acerca de lo que estoy diciendo, – responde inmutable.
-Explíquemelo más en profundidad entonces, -le digo con expresión de asombro.
-Sobrevivir en la Argentina ha sido muy difícil para la gente de mi generación. Hubo que adaptarse, eso nos dejó secuelas, manchas. La corrupción es la peor enfermedad, la que impide el desarrollo y alimenta la pobreza. Hay distintos niveles de corrupción, claro, y en un país tan enfermo es imposible para casi cualquiera abstraerse. El logro más importante de nuestra gestión es haberlo entendido y, humildemente ahora sí, creo tener algo que ver con eso. Comprenderá entonces que, a partir de la lucha y el castigo de la corrupción, se ha generado un recambio social para mejor. Hoy ya nadie discute esto, los jóvenes se desarrollan en un ambiente distinto, esto los hace de alguna manera ser mejores que nosotros. ¿Se da cuenta ahora a lo que me refería?
-Claro, -respondo. -Desde ese punto de vista lo entiendo y estoy de acuerdo, aunque no sé si es motivo suficiente para retirarse de la política. No solo de la no corrupción viven las sociedades. Con ese criterio deberíamos retirarnos entonces todos los que tenemos cierta edad y esa sola actitud produciría una mejora espontánea.
-Si, si, es así. Mi retiro obedece a que ya estoy grande, hay que dejar espacio para que se produzca el recambio. Ya sabemos cómo le ha ido al país cuando los líderes nos enquistamos en el poder. También pretendo que esto sea tomado como un ejemplo.
-Muy bien. Ahora quisiera que responda a las críticas que de usted hacen los opositores. Hablamos algo de la corrupción, entiendo lo de los distintos niveles, pero sus detractores dicen que usted se enriqueció durante su gobierno. Hablan de amigos suyos favorecidos por la obra pública también.
-Bueno, nosotros ya no somos gobierno, en el país ha habido una depuración fabulosa en lo que hace al poder judicial. Se han producido juicios y encarcelamientos de figuras notables, inclusive de nuestro propio partido ¿Qué impunidad pueden tener mis supuestos amigos favorecidos dentro de este marco, qué impunidad puedo tener yo mismo, renunciando a cualquier cargo cuando podría estar eligiendo el que quisiera? Aquí estoy, sin embargo, sigo viviendo en la misma casa que tenía antes de ser presidente. Sabe, yo podría haber tenido una carrera exitosa como empresario si lo hubiera elegido, y probablemente sería mucho más rico de lo que soy ahora. ¿Que me gusta el dinero? Si, no lo niego. Cualquiera debe tener derecho a ser rico, cuantas más personas lo sean mayor será la posibilidad de progreso en el país, pero que le quede claro: ¡yo elegí la política antes que enriquecerme!
-Bien, cambiemos de tema, hay quienes dicen que el Peronismo está desapareciendo como fuerza política en el país, de hecho quedó en tercer puesto en las últimas elecciones. Sin figuras de relevancia parece ser que estuviera condenado al ostracismo. A usted le cargan con la responsabilidad de haber perseguido y encarcelado a sus líderes, y de pretender acabar con el partido que defiende a los pobres. Incluso dicen algunos que el PR, ganador de las últimas elecciones presidenciales, no es más que un brazo de Cambiemos, su propio partido.
-¡Esa sí que es ingeniosa!, -ríe divertido y apura el último sorbo de whisky. -Como usted bien sabe, no he tenido ni tengo ninguna injerencia en el accionar del poder judicial. A lo sumo lo que hice fue apoyar, como presidente, la depuración que se realizó dentro del mismo sector hace unos años. Todos los dirigentes que terminaron presos, o robaron o abusaron de sus cargos públicos para favorecer a otros. El Peronismo tendrá que renovarse si pretende resurgir y olvidar sus nostalgias, pero… ¿a usted le parece que una fuerza política puede vivir eternamente abrevando en el recuerdo de un viejo líder? De Perón rescato su interés por los pobres, pero soy muy crítico, en líneas generales, acerca de cómo el peronismo utilizó el poder para tomar ventaja cuando lo tuvo. ¡Se olvidaron de los pobres que decían defender para enriquecerse ellos! Lo del PR ni debería gastarme en responderlo. Hoy claramente estamos polarizando con ellos y nos situamos en distintos lugares, a pesar que podamos haber tenido momentos de coincidencia en el pasado, cuando debimos enfrentar al kirchnerismo. Pero mi amigo, hay algo que no está claro en este reportaje: aceptó beber un whisky conmigo, yo estoy por servirme el segundo y usted casi no ha probado el suyo. Hmm…Parece ser el viejo truco de emborrachar al entrevistado, ¿eh?
Sonrío por haber sido descubierto en mis intenciones. -Claro, tiene usted razón, touché- digo, apurando un sorbo importante de mi vaso. -Ex presidente, me muero de curiosidad por preguntarle: ¿a qué se va a dedicar ahora?
-Mire, estoy lleno de proyectos. Por empezar con algo bien mundanal, volveré a jugar golf que es un deporte que me apasiona. Usted sabrá que soy una persona competitiva, todos los amigos de la vieja época con los que me entreveraba en partidos, hoy me pasan el trapo. ¡Que empiecen a temblar, pues dentro de poco volveré a ser competitivo! Otra cosa que haré es dar conferencias. Hasta ahora no quería aceptar invitaciones. Siempre pensé de más joven: “que buen curro tiene la gente mayor que se dedica a dar conferencias una vez retirada”. Bueno, parece que ahora podría tocarme el turno a mí -nos reímos los dos. -Hablando en serio, me gusta hacerlo, transmitir la experiencia que uno ha logrado es, de alguna manera, poder seguir haciendo política desde otro lugar…
-¿Y sus empresas?- lo interrumpo. -¿No va a ocuparse de las empresas familiares?
-No -responde. -Las empresas funcionan hace años sin estar yo al frente de ellas. ¿Para qué cambiar las cosas que andan bien? Armé un fideicomiso de administración mientras fui presidente, después pasé a ser un miembro más del directorio. Hoy en ese puesto me encuentro cómodo y el sistema funciona.
-¿Y su vida sentimental?
-Bueno, usted sabrá que las mujeres siempre me gustaron. Me toca estar solo una vez más por estos tiempos, cosas que pasan, pero no sé vivir solo…
-¿Me está por dar una primicia?
-No, nada de eso. Aunque si usted hubiese jugado limpio y tomado su whisky, tal vez yo hubiera tomado un tercer vaso y, en tal caso, si no la tengo tal vez se la invento a la primicia ¡Se perdió la oportunidad!
-Una última pregunta…descríbame en una frase algo que haya sentido con frecuencia durante sus años como presidente.
-Dejando el whisky de lado ahora, podría decirle: “Sentí la ebriedad del aventurero y la ceguera del iluminado”.
– Entonces se abrió la puerta y apareció Anita. Gracias, dije, y terminó el reportaje.

Cuento circular, por Patricia Masjuan

Y de golpe volví a estar en esa ciudad amada, al borde del mar, tierra de mis abuelos, aroma a olivas y esperanzas, arroces con mil bichos, sardanas, amigos y cervezas.
Cuánta agua nos separa… y sin embargo en un segundo volví a ese instante mágico en el que abrí por primera vez el libro y me lo puse a leer, ávido de conocimientos y sabiduría. Me lo había regalado mi madre aquel mes de Mayo en el que vinieron a visitarme, mientras rendía los finales de Economía.
Ese año, feliz de estar allá completando mis estudios, incursioné en Joyce.
Primero fue El Retrato de un Artista Adolescente, más tarde Los Dublineses. Los muertos me fascinó, la descripción de sus personajes, las entrañables hermanas y su sobrina. Me parecía estar en esa casa pasando navidad con ellos.
Como mis padres ya habían vuelto a Buenos Aires, tuve un poco de nostalgia y lo dejé olvidado en una valija.
Volví a la Argentina con un bagaje enorme de recuerdos, mi flamante título y unas enormes ganas de vivir.
Las cosas en mi tierra no fueron como se las veía de lejos. El país pasaba por un tiempo no muy feliz. Era difícil llegar a fin de mes y los trabajos mejor pagados escaseaban.
Habían pasado cuatro años. Mi economía era deplorable. Merceditas, mi mujer, estaba esperando nuestro primer hijo. La alegría del primogénito se opacaba al abrir las alacenas y la heladera, siempre vacías, haciendo eco.
Para esa noche, no teníamos ni pan.
Cebé un mate con un nudo en la garganta.
Para matar el tiempo, me acerqué a la biblioteca. El olvidado libro de Joyce me miraba expectante. Lo saqué con timidez, lo miré mucho tiempo.
Al abrir la tapa, se corrió solo hacia la pagina 71 y allí, sonrientes, planchados y brillantes, estaban…
Eran 1250 dólares que había guardado aquella tarde, al terminar el cuento.

Y de golpe, volví a estar en esa ciudad amada, al borde del mar, aroma a olivas y esperanzas…



Ejercicios del miércoles 29-6-2016

Trabajamos con dos propuestas.

La primera fue completar el texto: es decir, completar los espacios entre una serie de palabras dadas, respentando el orden en que aparecen.

HOMBROS – VACILANTE – ARRASTRA – LABERINTO – MUERTE – MIRAR – HOMBRE – ESCUDOS – HEROES – AVENTURA – SOMBRA – BORRADO – MILLAS – HORROR –

Un día distinto, por Chela Aguirre

Levantó los hombros, respiró hondo para tomar coraje, suspiró varias veces y, vacilante, dio el primer paso viendo como un hombrecillo, que caminaba con dificultad, apenas avanzaba y preguntó:
– ¿Usted es de aquí?
-¿Podemos iluminar este lugar?
-¿Por qué arrastra ese pesado bulto?
Sin obtener respuesta siguió por el largo pasillo hasta la entrada de un laberinto que lo llevaría quién sabe dónde.
La muerte de su padre lo había sorprendido el día anterior y sin mirar para atrás, el hombre caminó lentamente hasta una sala adornada con escudos y varios cuadros con héroes de batallas históricas. La aventura de ese día tan largo continuaba quién sabe hasta cuándo.
Llegó la hora de la sombra, había borrado lo sucedido, solo pensaba en las millas que faltaban para llegar al pueblo lejano, pensó con horror en esa travesía de noche tan oscura

Incertidumbre, por Emilita Melón Gil

Los hombros de Arturo se movían para arriba y para abajo, esa actitud vacilante, típica de él en sus momentos de nervios o angustia. Escucha el ruido de la motoniveladora que arrastra la tierra húmeda recién removida.
Le llega de golpe el recuerdo de su vida, laberinto interminable de sucesos, algunos agradables, otros funestos, que llevaron a la desaparición de Josefina, su mujer. Al mirar hacia afuera, el paisaje resplandece verde, colorido. No puede olvidar la figura del hombre español con los escudos de nobleza, historias de héroes intrépidos, galardonados de medallas. La aventura de ese tiempo, verosímil o no, fue lo que Josefina debió haber creído.
Hundido en una sombra, de la cual no puede salir, considera que ya debería borrar la sospecha de la “muerte”, sin embargo continuaba intacta en su mente. Ella no lo habría abandonado, no se pudo enamorar de otro….el español la habrá asesinado.
A varias millas de ahí, el horror se repetía, movían la tierra por orden del fiscal de distrito. El cuerpo de la mujer no aparecía, sería de nuevo una falsa alarma. Si no hay cuerpo no hay crimen.

El laberinto, por Malena Varadé

Los hombros caídos y su andar vacilante, cara tensa, ojos vidriosos y arrastrando los pies, se aproxima al laberinto, penetra en él, se pierde, siente temor de muerte y su mirar, deambula por el lugar hasta que divisa a un hombre, no sabe si es real o producto de su imaginación, pero no solo uno, varios con escudos y se pregunta ¿Son héroes de la última guerra o los protagonistas de una aventura?
La sombra que en ese momento se disipa ha borrado a los hombres con escudo. Sigue en el laberinto y perdido. Va para un lado, sin salida; para el otro, tampoco.
Lleva millas caminando, se detiene, horror, encuentra a los hombres con escudos todos muertos.
¿Soñó? No lo sabrá.

Epílogo, por María Helena Melón Gil

El rey carga la derrota sobre los hombros, en marcha lenta, temblorosa, vacilante.
Arrastra el sinsentido de la última batalla envuelto en un laberinto de gemidos.
La muerte huele. La tierra ensangrentada huele. Huelen los ruegos y los mutilados.
Alcanza a mirar más allá, un hombre victorioso levanta dos escudos.
Su ejército de héroes fue vencido.
La aventura de la guerra los dejó a la sombra de la historia. Borrado el día, solo él, en la noche eterna de la postrer derrota, inmerso en millas de horror para contarlo.

Un momento antes de partir, por Marialí Aróstegui

Sus hombres le equilibran el paso mientras, vacilante, arrastra su sombra por el oscuro laberinto de la muerte. Se detiene a mirar alrededor. Ve un hombre vestido de militar mirando unos escudos de algún regimiento lejano.
Entonces recuerda los héroes que arrastraron a la aventura a muchos como él.
Una sombra pasó por su mente. Había borrado una parte de su vida. Recuerda el recorrido por millas plagadas de horror que había vivido… ¡era tan horrible la guerra cuando se la vivía en un campo de batalla!, eran tan bonitos los escudos, tan llenos de color, se símbolos de gloria. Un gran engaño para quienes los defendieron.

El héroe, por Patricia Masjuan

Sobre sus hombros
taciturno y vacilante
arrastra el peso
de su humanidad perdida.
Laberinto de arena,
rumores de agua ciega,
presagios de muerte.
Sólo mirar atrás, sólo una vez
y el hombre
escudos de hierro
cuna de héroes
y aventura,
bajo la sombra del pasado
borrado, el cáliz y la sangre
a cientos, miles de millas polvorientas,
horror y espanto.

Las palabras seleccionadas fueron extraídas de un poema de Jorge Luis Borges, cada una corresponde a un verso del poema.

El Minotauro, Jorge Luis Borges

Encorvados los hombros, abrumado
por su testa de toro, el vacilante
Minotauro se arrastra por su errante
laberinto. La espada lo ha alcanzado
y lo alcanza otra vez. Quien le dio muerte
no se atreve a mirar al que fue toro
y hombre mortal, en un ayer sonoro
de hexámetros y escudos y del fuerte
batallar de los héroes. Ilusoria
fue tu aventura, trágico Teseo;
de la bifronte sombra la memoria
no ha borrado las aguas el Leteo.
Sobre los siglos y las vanas millas
ésta da horror a nuestras pesadillas.

La segunda propuesta fue escribir a partir de la frase: Permítame que le cuente…

Permítame que le cuente, por Emilita Melón Gil

Permítame que le cuente, amigo, en esta noche tan negra.
El boliche estaba por cerrar cuando llegaron dos criollos de mediana edad. Desmontaron y entraron casi juntos. Se sentaron donde se despacha la bebida, atrás de la reja que separa a los parroquianos, pidieron dos cañas y luego la botella. La palabra inicial entre ellos fue “facón”, luego “puñal” y más tarde “traición”. Bastó esto para el desenlace final…Se trenzaron en lucha abierta, cada cual con cuchillo en mano y poncho arrollado en la otra. Un ruido sordo, estertor y uno de ellos que caía. El encuentro estaba previsto, no fueron los hombres que se citaron, los cuchillos los llevaron, buscando sangre, sus antiguos dueños pedían la venganza.
Gracias, amigo, que me haya permitido contarle esta historia, pero esa noche los cuchillos tenían vida…los hombres fueron simples instrumentos.

Permítame que le cuente, por Malena Varadé

Noche cerrada, cielo tachonado de estrellas, perfume de jazmines, ruidos lejanos, fogata, grupo de amigos. Alguien toma una guitarra y canta una historia triste: hace mucho tiempo vivía un paisano perdido en la pampa, solitario, cantaba el amor por Julia, lloraba sus penas, no correspondidas, la sacaba sonidos de llanto a la guitarra.
En eso se le acerca una hermosa morocha y le apoya su cabeza en el hombro. Instantáneamente cambia el ritmo, ahora alegre, dichoso, ha encontrado su amor. Todos se ríen y salen a bailar gozando la nueva alegría.
Amanece, cielo rojo, será un hermoso día.

Permítame que le cuente, por María Helena Melón Gil

-Tengo una casita en La Lucila del Mar. No erro fin de semana por medio a la costa. Lo primero, ventilo todo, lo segundo, busco la caña y preparo la carnada. Soy un pescador nato. A la tardecita me ducho, saco el Torino azul del garage, impecable pieza de museo, asiento de cuero, perfumina y lo saco a pasiar. Descubro rinconcitos, bolichitos, un cine, un poolcito. Aprovecho a salir, me gusta comer bien, asados, pastas, lo que sea. Disfruto la comida y la buena compañía de una preciosura como usted.
El pelado le ofrece galletitas surtidas.
-¿Gusta? No quiero escuchar un no ¿Cuida la figura? Con razón, sírvase, hágame el favor ¿Se va a poner a leer? Qué aburrida. ¿Qué mejor que profundizar un encuentro, una posible amistad? Ocupamos los asientos 23A y 24 B, quedan 360 kilómetros por delante y mucho por decirnos.
La chica exageró un bostezo largo como un vagón de carga y se disculpó. Dijo que necesitaba descansar. Fingió dormirse y, resignada, dejó a un costado su best seller para evitar todo inicio de diálogo con el acosador.
El pelado no tardó más de siete minutos en apoyar su manaza tibia sobre el muslo de la jovencita. Acompañó la acción con dos versos de tango y sibilante voz ronca: “cuartito azhul, de mi primera pashión”.
Vivi, así se llamaba la chica del short de jean, se tomó unos pocos segundos en aspirar coraje. De un envión clavó el codo derecho en sus costillas izquierdas. El pelado se partió igual que una tabla rota por Bruce Lee. Los del asiento de adelante, saltaron sobre el respaldo:
-Chofer, ¡infarto!
Del pelado, apenas brotó un hilo de voz: -No – es- na-da mu- cha-chos, no -es na-da.
Los pasajeros y vecinos advirtieron que la jovencita de al lado ni se mosqueó. Buscó el señalador para retomar su libro. Llevaba avanzadas “Las cincuenta sombras de Grey”.
-Indiferente la juventu de hoy -susurró el acompañante del chofer viendo la escena- Zarpada la pendeja con el librito.

Permítame que le cuente, por Patricia Masjuan

-Tanto caminar para llegar al pueblo, millas y millas de tierra seca. Camino polvoriento. Sola con mi niñito.
Eran doce los gurises, diez míos y dos de quién sabe quién.
Sabe, los grandes se habían ido a las cuatro de la mañana a juntar leña al monte. Agarraron los buey, y se fueron, comieron el revoltijo antes de salir, es con lo único que aguantan hasta el atardecer, cuando vuelven.
Permítame que le cuente: al poco rato de partir ellos, el niñito se me enfermó de muerte. Yo vi a la parca, la vi rondando. Primero se sentó sobre la cama de la Juana, la miró con esas miradas de amor que suelen tener los enamorados, pero se fue y se instaló en la cama del changuito.
A mí se me volcó el estómago, lo agarré fuerte con mis brazos y sentí como una brasa candente en mi pecho, pensé que era mejor llevarlo al pueblo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. No podía pensar que esa mujer era culpable de nada. El fiscal había pedido diez años de prisión y los estaba cumpliendo.

-Sabe, salí sin pensar en nada. Cuando había pasado mucho tiempo y el peso se agigantaba más y más, se le empezaron a ir los ojos para arriba. Ya no daba más, por eso lo dejé y seguí corriendo hasta la salita.
Bastante después lo encontraron muerto, yo lo sabía, había visto a la parca.
Y mis otros gurises, sin padre, solos en el monte.

Permítame que le cuente, por Marialí Aróstegui

…una reflexión sobre mi tema favorito, la libertad de cada uno de nosotros. Dónde empieza y termina, dónde se invade, dónde debo poner los límites para que esto no suceda y nos sintamos realmente libres.
Tarea dificil si las hay. Creo que salir de un laberinto es menos intrincado, siempre queda una duda sobre el camino elegido, sobre el momento en que lo hacemos.
Cuando siento paz interior, tengo la sensación de haber logrado lo que es justo. Sólo el tiempo develará la verdad.



Ejercicio con foto, 2da. propuesta

Seguimos con la serie de ejercicios vinculados a la imagen elegida. Entre las siguientes opciones, se aconseja seleccionar una. La idea es continuar la historia anterior, o bien que se desprenda o vincule a ella .

a) personajes:
1- Título: Asuntos urgentes
2- Inicio dado: ¿Usted qué sugiere?

b) Lugares:
3- Inicio dado: Hacia el final del siglo, la tranquilidad del lugar, entonces eminentemente pastoril, fue turbaba por una invasión de…
4- Epígrafe: Cualquier cosa podría suceder bajo ese cielo.

Asuntos urgentes, por Adela Caffaro

La noche comenzó a cubrir de sombras el valle de aquel cordón montañoso donde vive Ramón. Ese día había trabajado duro de sol a sol, junto a Petrona, su mujer, que alternaba las tareas de la quinta con los cuidados al pequeño Tadeo, hijo de ambos.
Ellos en ese momento dormían pero, Ramón aún daba vueltas, revisaba una y otra vez los productos de la cosecha que no reunían la calidad de siempre y encima eran pocos.
El sol abrasador del verano, la falta de lluvia, el intenso viento y el contraste de las bajas temperaturas nocturnas, motivaron el escaso rendimiento de la siembra.
Preparó un canasto con el que transportaría los alimentos, colocó con prolijidad, casi acariciando cada uno de los frutos que la Madre Tierra les había ofrecido.
Miró a su mujer y al hijito que dormían plácidamente en el viejo camastro de madera. Quedaban pocas horas de descanso, debían salir de madrugada para llegar temprano al Mercado Colla y conseguir un buen lugar, si era posible a la sombra, por el Tadeo, sobre todo. Observó a su alrededor y vio que la mujer tenía preparadas las mejores ropas de los tres. El sombrero de alas pequeñas con la cinta roja como adorno y amuleto para la suerte, la camisa amplia con volados en las mangas que a él tanto le gustaba y los pantalones viejos, pero impecables.
La vestimenta de Petrona, estirada con prolijidad sobre los cajones que cumplían la función de mesa, y al costado el bolso con lo necesario para el changuito, aunque era más abultado que lo habitual, cosa que le llamó la atención, pero no se detuvo a pensar, le preocupaba lograr vender lo que llevaban, era necesario vender, vender, vender. Tenían asuntos urgentes e importantes que resolver y dependían de esos pesos para curar al Tadeíto como él lo nombra con cariño. Se necesita mucha plata.
El viaje al mercado se hizo largo, Petrona llevó al niño en brazos y el bolso que pesaba más que de costumbre, pero no se quejó. Ramón cargó con la canasta llena de los productos y otra con los utensilios para pasar el día. Ambos soportaron con esfuerzo dichas dificultades. Al llegar vieron a la caporale que vestía poncho rojo punzó, se divisaba de lejos, ella designaba los lugares donde debían ubicarse, los mejores puestos estaban ocupados. Petrona miró a su marido con ansiedad, era evidente que el espacio que les correspondía no fue el esperado.
Debían calmarse y tener confianza, quizás lograrían el objetivo, solventar los asuntos urgentes…

Los sueños…, por Bety Sabbatini

¿Usted que sugiere?
¿Qué sueños acompañaron a un joven o adolescente en nuestro país en el año 2002?
Estoy segura que en esos momentos fue: ¡abandonarlo!
Conozco varios que lo hicieron con muchos sueños en sus valijas, con gran inexperiencia, con la idea de hacerse “La Europa”: Ganar en euros, ahorrar y tener luego dinero multiplicado por cinco.
Los que conozco fueron, en su mayoría, a la zona de Barcelona. Incrementaron su patrimonio cultural, el que lo deseaba. Muy a mano el museo “Salvador Dalí”, en Figueras, el museo Picasso de Barcelona, la Fundación Joan Miró, el museo de chocolate, etc.
Martín, de dieciocho años, viajó junto a ocho amigos. Hasta ese momento sólo había estudiado y con unas pocas experiencias más. No tenía el plan de continuar estudiando lo que contrariaba a sus padres. Eso lo terminó resolviendo, quería alejarse de quienes pretendían decidir su futuro.
Al poco tiempo de la estadía se escuchó un diálogo:
-Martín, ¿hoy volvés a salir? Mirá que mañana comenzamos temprano a trabajar.
-José, sabés que conocí una chica que me gusta mucho. Vuelvo temprano. No te preocupes.
Resultó una relación sostenida en el tiempo.

Los amigos argentinos vivían nueve en un departamento. Nada cómodos, extrañaban sus casas. Las familias los llamaban y las respuestas eran que lo pasaban muy bien, aunque no estaban pudiendo ahorrar como habían planeado.
A Martín al poco tiempo le cambió la vida, dejó embarazada a su novia y se fue a vivir con ella. Los padres llegaron desde la Argentina, conocieron a sus nuevos parientes y Martín se casó.
Actualmente los jóvenes desconocen qué hace su amigo en España porque todos se volvieron: sin dinero, con ropa muy usada y añorando su país. ¿Qué pasó?
Las dificultades comenzaron para los jóvenes españoles que necesitaban empleos, aún aquellos no calificados, así que desalojaron de estos a los extranjeros.
De Martín no saben nada…En el país ya están todos ubicados…
Ellos piensan, fueron sueños y ahora es una buena experiencia.

En sepia, por Emma Esparis

Dos turistas francesas sentadas sobre unas sillas de mimbre miran a un padre que junto a sus hijos ajusta con varillas de madera el barral que sostendrá la lona de una carpa.
Primeras sombras para los turistas que se animan a ese paisaje de arena, médanos con tamariscos, mares fríos, vientos del sudeste y un hotel con pocas habitaciones.
Detrás de ellos, se adentra en el mar un muelle de madera con algunas muestras de deterioro, pocos pescadores intentan con largas cañas sacar algunas corvinas.
Comienzos, guiar las riendas de la vida, cosas que valen la pena…

Camino a la toscana III, por Hanna

‘Cualquier cosa puede
suceder bajo ese cielo’

Todo estaba bien, había pasado la tensión, Francisco contó su historia, cuando Emilia estuviera lista lo haría, quizás tengan otra oportunidad.
Recorrían el pueblo observando las construcciones , los colores, la gente, llegaron a la casa de Barlozzo, típica de la toscana, su tejado, balcones, las tonalidades de las paredes, piedra, rejas, por detrás colinas con cipreses, olivos y viñedos. Llamaron a la puerta y una vecina que pasaba les dijo que don Carlo había salido, agradecieron la información, le preguntaron por algún lugar donde comer y salieron pensando en volver más tarde.
─Me causó mucha gracia la vecina ─dijo Emilia.
─Estabas tentada, es un pueblo pequeño, se conocen todos. ¿Qué es lo que te extraña? No es muy diferente de donde venimos.
─Quizás que no le preguntamos nada. Don Barlozzo debe ser el galán del pueblo.
─ ¿Vos crees? Yo no me lo imagino.
Entraron al restaurante y eligieron el patio para disfrutar el día soleado, vino de la región, un plato de lasañas y tiramisú de postre.
─ ¿Cómo te sentís? Me preocupa tu silencio, guardás demasiado. ¿Estás enojada conmigo?
─Si, tal vez. No te puedo mentir, durante muchos años te maldije, pero no eras culpable de lo que no sabías.
─No entiendo.
─Ya lo sé, habrá tiempo. Hoy nada nos impide encontrarnos, podemos elegir. Disfrutemos del almuerzo.
─ ¿Que te pareció la lasaña?
─Jamás me canso, en cada lugar que voy es mi plato favorito. Victoria se ríe porque siempre elijo lo mismo, te juro que cuando leo la carta tengo la intención de cambiar, pero me puede la lasaña.
─El que te viera comer diría que en tu vida la probaste.
Emilia comenzó a reírse, y sus mejillas se ruborizaron. Francisco se tentó y ambos no podían parar, los ojos se les llenaron de lágrimas
─Por favor no me hagas reír más que me duele detrás de las orejas.
Francisco más tentado aun. ─ ¿Detrás de las orejas?
─Si, cuando me rio mucho comienza un dolor que no soporto ─dijo entre risas.
─Está bien, no quiero ser el culpable de tus males.
El almuerzo se extendió hasta las primeras horas de la tarde, como también la charla sobre viajes y comidas típicas. Ambos estaban a salvo y lejos de la dura realidad.
Decidieron caminar hasta la casa de Barlozzo.

ASUNTOS URGENTES, por Lía Ruau

Llegó muy temprano, ubicó la estanciera azul justo en la esquina de Belgrano y San Martín, dejando libre la entrada del depósito por si venían a cargar antes de mediodía.
Entró por la puerta del costado, subió la cortina metálica del frente de la ochava y las dos vidrieras. Revisó el mostrador, no había mucho más que el polvillo acumulado del fin de semana y unos pocos papeles de propaganda para guardar, miró hacia la pared y sacó el taco del almanaque como todas las mañanas.
Cuando pasó al depósito a ver el stock de fardos, se dio cuenta que había varios de ellos bastante mal embolsados y pensó que tenía que ponerle los puntos a Ismael, el ayudante. Muy hábil en contar y volear los fardos en el momento de la carga, una vez entregado el cartón donde anotaba los bultos, el resto del tiempo haraganeaba sin hacer nada.
Escuchó el chirrido de la puerta, señal de la llegada de alguien, y volvió al local. Era Juan Fanelli, madrugador como él, que pasaba casi todas las mañanas a matear antes de salir para el campo. Al tano le gustaba conversar con él de política y economía. Ese día, muy callado, daba vueltas y vueltas, abría y cerraba las dos heladeras último modelo que estaban en exposición. Al final se sentó en el sillón giratorio del escritorio, con un gesto, le indicó el sofá de enfrente y esperó que lo ocupara.
– Mire Pincho, no lo quisiera molestar, pero tenemos un problema…
– ¿De qué se trata? Tiene cara de preocupado.
– Y, sí. ¿Se acuerda que descontamos un documento en el Banco Nación, y otro en el Provincia, para hacer frente a la compra anticipada de la lana?
– Claro que me acuerdo Juan. Decidimos que así podríamos hacer una diferencia cuando los ingleses de la compañía nos pagaran la remesa completa.
– Bueno, eran por 60 días los documentos, y vencen hoy…
– No es para preocuparse. Vamos a hablar, primero con el Gerente del Nación, que nos tiene en estima. Seguro que nos renueva.
– Pero con el Provincia yo estoy en las peores circunstancias. Tengo otro crédito conjunto con mi mujer para el campo. Ahí no va a aflojar.
– Ya veremos, si no quiere renovar, intentamos que a sola firma me dé por pocos días. Antes de la quincena tenemos que cobrar y con eso cancelamos.
– Pues entonces, tenemos que ir al Banco. A las 8 y media abren…
Bajaron la persiana del frente y colocaron el cartel que siempre tenían preparado en el estante bajo el mostrador:

Asuntos urgentes impiden nuestra presencia en el local.
En breve regresamos.
Fanelli y Cía Ltda. – Representantes de STRONG & Co.



Ejercicio con fotografía – 2da. propuesta

Seguimos con la serie de ejercicios vinculados a la imagen elegida. Entre las siguientes opciones, se aconseja seleccionar una. La idea es continuar la historia anterior, o bien que se desprenda o vincule a ella .

a) personajes:
1- Título: Asuntos urgentes
2- Inicio dado: ¿Usted qué sugiere?

b) Lugares:
3- Inicio dado: Hacia el final del siglo, la tranquilidad del lugar, entonces eminentemente pastoril, fue turbaba por una invasión de…
4- Epígrafe: Cualquier cosa podría suceder bajo ese cielo.

IMAGEN, por Emilita Melón Gil

Cualquier cosa podría suceder bajo ese cielo

Día de luz abierta en el que brilla un cielo azul sin nubes. Pongo en marcha el auto y me dirijo al campo. De repente el reencuentro con el paisaje se vuelve resplandeciente, luminoso. Un arte que se va a transformar con cada amanecer y con cada puesta de sol.
Llego a San José gozando de este paisaje que me da la vida. En un abra del camino me encuentro con Aíco, mi nieto, y Bárbara la potranquita que criaron guacha.
Coloreado de verdes y de violetas el monte se brinda, en las ramas de los árboles se esconden los nidos de los pájaros que llenan el silencio.
Aíco corre empujando su camioncito amarillo, Bárbara con las orejas hacia atrás, en señal de enojo, intenta morderlo, quizás jugando. El cielo azul de improviso puede cambiar a inestable y amenazar con un feo chaparrón.
Nos vamos hacia la casa, el ruido de unas abejas, algunas mariposas y Bárbara al trotecito nos acompañan.
El atardecer precede a la noche, un buho sonámbulo de ojos inquietos, chillando, se aleja…

Ejercicio 2, por María Ichaso

-II-

Cualquier cosa podría suceder bajo ese cielo

La oscuridad es buena para los gatos, los murciélagos, las comadrejas y algún que otro ser esotérico -siempre y cuando creamos en ellos- pero no para Andoni, que no sólo no creía, sino que además no sabía lo que significaba. La noche para él estaba hecha para dormir, hacer el amor o a lo sumo, agarrarse una borrachera. Pero ese día, después del partido de mus, no tenía sueño, no estaba Maité, y se le había acabado el patxaran. Maldita suerte.
Los primeros fríos son los más difíciles de soportar, siempre lo primero es lo más difícil, después uno se acostumbra, uno se acostumbra a todo, inclusive a la soledad. La noche abrazó la casa sin dejar rastro de la existencia. Las sombras colgadas en el estaqueadero rondaban al acecho.
Andoni se levantó sin hacer ruido para no despertar a Joseba, en realidad era muy silencioso. Con el tiempo ahorraba palabras, tal vez llegaría el día en que enmudeciera. Las letras eran tan duras como las pecas de sus manos que indicaban los años igual que los círculos en los troncos de los árboles. Esquivó el tablón flojo por el crujido, fue a buscar unas astillas de encina a la leñera, abrió la puertita de la cocina y las echó para que no se apagara el fuego. La ceniza rebalsaba por la rejilla, la grasa rancia en la plancha, los paltos sucios, la ropa amontonada en las sillas, las cacerolas a la espera de porrusalda, Joseba a punto de empezar el quinto grado en el pueblo, las gallinas que no ponían en invierno y a Maité que justo se le ocurrió desaparecer.
Donostía quedaba a unas leguas de Indarribia, medio día a caballo o una tarde a pie, o unas horas a la noche. Ataría el carro y con la excusa de vender unos cueros, iría a la barraca de Mikel que quedaba a unas cuadras de la mercería donde las malas lenguas decían haber visto una mujer parecida a Maité.
Tomó la decisión igual que si degollara un chancho, curara un ternero, arreglara una chapa o hachara leña. El único problema era Joseba. No quería que él la viera -en caso que fuera ella-, no podía dejarlo solo y no quería deberle ningún favor a Jacinto.
Cuando terminó de prender la cocina y ahumar el cuarto, decidió que no lo despertaría. Era mejor que quedara durmiendo, para cuando él volviera, Joseba seguiría en el séptimo sueño. Iba a meter a Botón adentro -para que no ladrara a alguna hauskara-. Pensó en darle un beso pero desistió, nunca lo hacía, porqué habría de hacerlo justo ese día, en todo caso se lo daría a la vuelta. Cerró la puerta con la tranca del lado de afuera y se fue sin saber que la desgracia cirujea de noche.

Ejercicio 2, por María Helena Melón Gil

¿Usted qué sugiere?, -pregunté. Vacaciones -contestó mi socio, el Doctor Cárdenas. La sola palabra me ciñó al norte, posiblemente el norte esperaba. Por la punta se desenrolla la madeja y decidí tirar más. Permití que el camino siguiera la ruta cuarenta. Destino final, la capilla de Seclantás. Curiosié las huellas, como animal que busca encontrar manada y querencia. Una repentina melancolía me soplaba el alma con acordes de copla triste. Bilis negra, llamaban los griegos a esa aflicción vaga y profunda.
Mi abuelo, Nicolás Severo, dejó Salta por trabajo, en los albores del novecientos y se instaló en Retiro. Para amigos, club, el verdulero y la parroquia del Socorro, siempre fuimos “salteños”, aunque nada conserváramos allí, salvo el apellido inscripto en la tumba del tatarabuelo, que participó en un hecho histórico y mereció tal consideración. Resulté tostado de ojos claros por una antigua cruza sin clarificar y abundante sangre celta. Adulto joven, hijo varón entre cinco mujeres, Doctor en leyes, viudo reciente y sin descendencia.
La tarde que el Dr. Cárdenas habló de vacaciones, rescaté un libro amarillento y leí al azar: “¿La sangre tiene memoria? Si pudiera desempaquetar el alma y diseccionar acto por acto, pasión por pasión, parte por parte, sin juzgar, podría aclarar la fosca confusión de mi destino y el mandato de la heredad”…Tiré más del hilo y la madeja, ovillé la idea peregrina de un viaje por la de comprar la finca más apta. Dos hectáreas en el sudoeste salteño serían suficientes para aprender y producir vinos arriba de los dos mil metros de altura. Lo imaginé en copa, tan oscuro que no transparentara mi mano, hijo de uvas maduras, sazonadas, negras.
La vuelta al pago antiguo ¿Qué edad tendría mi tatarabuelo Eulogio Manuel Severo, el único varado en Seclantás? Si bien la muerte es igualación y olvido, la sangre nueva circula con un recado anterior que, a su tiempo, reclama. Destello del bronce familiar, pasión por este sitio, coraje para vivir. Piso la calle principal de Seclantás y su plaza cuadrada, inhalo el fresco de las galerías, descubro telares y cañas bajo los techos tapados con tortas de barro. Todo muy cerca, el almacén de la plaza, la escuela de las casas y la iglesia de las almas. Las horas en la puna van de a pie, señorea lo simple y el paisaje es la obra más acabada.
Cuánto tiempo en el lugar equivocado. Abrazo fuerte el sueño de la viña, el reencuentro con Seclantás y su gente.
Decido adentrarme en la iglesia, busco la tumba del primer Severo. “Eulogio Manuel, abogado por la Universidad de la República, más tarde juez, muerto un noviembre de 1890”. Me le presento: Soy Eulogio Federico Severo Díaz, su único tataranieto varón que volvió y elige el mismo sitio que usted, para quedarse.

Apuntes del Presidente, por Miguel Cané

¿Usted que sugiere? Era una típica pregunta del presidente a sus interlocutores de turno. ¿Qué haría en mi lugar?, también solía preguntar, cuando se sentía presionado. Tenía una enorme capacidad para conectar con la gente, y esa mezcla perfectamente dosificada entre empatía y poder, fascinaba a aquellos con quienes compartía una conversación. No es común en la gente con tanta autoridad esa práctica del diálogo. Sin embargo, él disfrutaba hacerlo con terceros, en especial con quienes lo cuestionaban, e invertía una gran cantidad de tiempo en conversaciones. ¿Las usaba para cambiar su rumbo? No… ¡pero sí! No, porque una vez que tomaba una decisión difícilmente volviera atrás. Sí, porque utilizaba estas charlas para calibrar el termómetro de la opinión pública, entonces lo que podía modificar (de hecho lo hacía corrientemente) era la estrategia para llevarlas adelante. Con una habilidad singular para sacar conclusiones a partir de los intercambios, esta actividad resultaba para él sagrada e indelegable. Detestaba las encuestas, a las cuales rara vez atendía: se comportaba como un autentico líder que visualizaba sus metas primero y luego intentaba instalarlas de la mejor manera ¡Qué distinto a cómo funcionan los políticos de hoy! ¿Exagero si digo que no salen de sus casas hasta no haber leído las encuestas del día?
Cierta vez entrevisté a un dirigente sindical, de perfil absolutamente contrapuesto al de él, quien me relató un encuentro en la Casa Rosada. La política del país pasaba momentos turbulentos, se producía una transición dolorosa después del gobierno peronista (que sería el último): un conflicto sindical parecía ser inminente. El presidente en forma directa había llamado a los tres líderes de la CGT con la intención de tener una charla personal con cada uno de ellos, como último recurso previo a la ruptura. El dirigente aceptó de mala gana el convite, había oído hablar de sus dotes para la seducción y no quería exponerse. De hecho, los tres intentaron que la reunión fuera conjunta, pero recibieron una cerrada negativa como respuesta. No podían negarse, concluyeron. La opinión pública, dividida entre quienes se resignaban al ajuste de la transición y aquellos que no parecían dispuestos a tolerarla, no hubiese aceptado una huelga sin un diálogo previo. Los líderes sindicales especulaban con el apoyo de la sociedad, tenían una muy mala imagen por aquellos tiempos. Después de haber expuesto la delicada realidad social ante el atento silencio del presidente, este contó con lujo de detalles el estado en qué habían encontrado la administración pública. El sindicalista se mantenía a la defensiva: por ninguna razón bajaría la guardia. Acto seguido y casi sin detenerse, el presidente, en tono de confidencia, le contó acerca de un delicadísimo conflicto con Brasil. El sindicalista siquiera imaginaba que existiera. Era una situación compleja, no viene al caso detallarla, pero podía tener derivaciones trascendentales para el futuro del país. Dudaba acerca de cómo solucionarla, y expuso sus opciones. Fue entonces que hizo la pregunta: me gustaría saber qué haría usted en mi lugar. El dirigente respondió algo de lo que siempre se arrepentiría.
-Para eso usted tiene un gabinete, yo no he venido para aconsejarlo en asuntos de política exterior.
El presidente entonces bajó la cabeza un instante, pensativo. Cuando la levantó, le dirigió una mirada franca y una sonrisa afable.
–Gracias -dijo, y la conversación terminó.
El hombre, que es inteligente, lamenta su reacción hasta hoy día.
–Me quedé sin pan y sin torta, -dice. -No logramos llevar adelante el paro ni pude profundizar una conversación que hubiese resultado de enorme interés seguir. Por mi necedad, le ofrecí una buena excusa para terminar el diálogo.
Así, lentamente, iban fraguando los cimientos de una nueva Argentina.